martes, 23 de noviembre de 2010

Cancún

Economista Marginal parte a su misión más compleja: asistir a la Conferencia Mundial de Cambio Climático en Cancún.

¿Como encontrarle un sentido narrativo a la cacofonía de voces, posturas e intereses de un encuentro así?

Hace un año las naciones del mundo no pudieron producir un acuerdo vinculante para reducir las emisiones de carbono. Anticapitalistas, emergentes, grandes potencias, islitas del pacifico que desaparecerán si no se hace algo, los intereses de unos y otros chocaron y el juego sumó cero. Claro, se habían reunido en Copenhague, bella y fría ciudad luterana. Tal vez ahora, bajo el sol del Caribe, el ánimo sea mejor. Además, ya no irán jefes de Estado sino ministros que llevan casi seis meses bajando las expectativas. Partiendo por la jafaza ONU en estos temas, la costarricense Christiana Figueres, que dejó a todo el mundo helado en la ultima conferencia en Bonn al decir: “No habrá un acuerdo vinculante mientras yo este viva”.

Es el peor de los momentos para discutir estas cosas. Europa esta en crisis, China le tira la pelota e Estados Unidos y Obama tiene a los escépticos como mayoría en la cámara. Como las decisiones se toman por unanimidad, bastan dos o tres disidentes para que no haya acuerdo, papel que cumplió en Copenhague el grupo ALBA.
Para colmo la ciencia del cambio climático quedo coja (léase perdió legitimidad) por el escándalo de los e-mails. Un servidor de una universidad británica divulgo correos privados de investigadores que dudaban de las cifras

Parece que una de las discusiones clave será la de los bosques. Los países que tienen árboles cuentan con una moneda de cambio y pedirán plata para cuidar sus bosques. Pero póngase en el lugar de Arabia Saudita, un país rico que solo exporta un combustible fósil, y que no tiene un solo puto árbol. Póngase usted en el caso de Kiribati, una nación soberana de 98 mil habitantes, que quedara totalmente sumergida si el nivel del océano pacifico sube 2 o 3 metros durante el próximo siglo. A Kiribati solo le queda negociar una cuota migratoria de sus ciudadanos (tan poquitos que Australia podría hacerse cargo) o bajar el telón, si Bolivia no torpedea un acuerdo que no sea 100% del gusto de Hugo Chávez (que comparte intereses con los sauditas). Póngase usted en el caso de Dinamarca, un país desarrollado y 90% eólico (o sea, con una holgura de bonos de carbono que ni te explico). Póngase usted en el lugar de Brasil, que tiene biocombustibles y árboles. Póngase en el lugar de Bolivia, que por primera vez en su historia ve su mediterraneidad no como maldición si no como arma política: no tiene nada que perder si el Pacifico sube y borra a Arica, Iquique, Tocopilla y Antofagasta del mapa.

Estas contradicciones no se zanjarán en Cancún, pero algún tipo de acuerdo o de preacuerdo debiera surgir. Y apostaría porque en estos momentos las delegaciones ya afinan sus estrategias, los tecnócratas sacan sus cálculos, los periodistas sueñan con la cuña ideal, y Economista Marginal prepara su maleta, sus lentes de sol y mucho bloqueador solar.

sábado, 16 de octubre de 2010

Chilean Style

“El Supremo momento en vivo”, así catalogó un diario estadounidense la liberación de los 33 mineros chilenos desde las entrañas de la tierra. El comentario da cuenta de la violenta alza de rating conseguido por Chile en la economía mediática mundial. Y en la mejor de las condiciones, no por una guerra civil catastrófica ni una toma de rehenes, sino mediante una mezcla edificante de solidaridad, emoción, drama y competencia técnico-política. Decenas de millones de telespectadores, internautas, tuiteros y blogeros ahora saben no solo donde está Chile, cuál es su bandera y cómo se llama su presidente: ¡saben además dónde está Copiapó! Y también que sus ingenieros son de excelencia y sus trabajadores poseen un temple sobrecogedor. Ni ganar un mundial hubiera sido tan redituable.

La pregunta de rigor no es solo si estos cinco minutos de fama internacional permanecerán en el inconsciente colectivo por un tiempo mayor (Hollywood mediante). Ni si el proyecto de una derecha liberal y democrática tendrá una proyección mayor a la del individuo que la encarna hoy, orador deplorable y estratega de respeto. Algunos se han apurado en decir que Chile compró pasajes para el primer mundo gracias a los mineros. Exagerado o no, el comentario apunta a la relación, no del todo estudiada por la ciencia social, entre narrativa, identidad y progreso económico.

¿Se siente el trabajador chileno más valorado hoy que ayer? ¿Está dispuesto a sacrificarse, aplicarse en el trabajo y colaborar en pos de objetivos comunes? ¿Están sus jefes más proclives a la empatía, a respetar las leyes laborales y proveerlos de un entorno mejor y más seguro para trabajar?

El economista Kaushik Basu, de la universidad de Cornell, afirma que los la economía tradicional subvalora el rol de la identidad en la productividad de las personas y que los pobres carecen de “capital de participación”, es decir, del sentido de participar en la sociedad y contar con derechos comparables a los del resto. Pero la correlación entre la performance económica y la identidad es significativa. En este sentido, “Mineros de Chile” ha pasado a ser un slogan de consecuencias impredecibles para un país que obtiene la mitad de sus ingresos por exportación del trabajo de hombres que se sumergen bajo tierra. El gobierno apostó, arriesgó y ganó la partida, pero es poco probable que haya medido las consecuencias políticas y económicas de hacerlo. Ya no serán triviales las negociaciones colectivas, ni la forma de proceder de la pequeña y mediana minería.

Paradojal es también que la crisis y su desenlace feliz se hayan desarrollado en medio del debate parlamentario sobre el royalty minero. No viene al caso, para estos efectos, que la gravamen sea alto o bajo, adecuado o insuficiente. Lo notable son los detalles que salen a la luz con el debate, que los algunos tuiteros recalcaron frente a la indiferencia de los grandes medios: pasó relativamente desapercibido que Pablo Longueira, un epitome de la austeridad gremialista, sea empresario minero, o que otro de la misma tienda, el diputado Carlos Vilches, tenga participación en tres sociedades del rubro: son pequeños mineros y el royalty afecta a los grandes, los que tenían la tecnología y los recursos para salvar a los mineros de la pequeña y precaria minería: la de los socavones infectos y la subcontrataciones abusivas.

Al margen de estos detalles sórdidos (que en rigor solo nos conciernen a nosotros), el mundo entero ha gritado “¡chi-chi-chi!”, incluyendo estas niñitas gringas que algún día nos visitarán, lindas mochileras dispuestas a revivir lo que ya constituye un mito mundial: el chilean style.

jueves, 7 de octubre de 2010

Dilema del Prisionero y Conflicto Mapuche (II)

Siguiendo la aplicación de la teoría de juegos al conflicto mapuche, esbozada en el post anterior, supongamos que los jugadores son dos: uno es un comunero y el otro un terrateniente. El Estado hace de banca y baraja las cartas. Las rojas significan “cooperar” y las negras “no cooperar” (léase mandar al otro a la cresta). Cada jugador sabe su carta pero desconoce la del otro.

Los resultados posibles son cuatro:

a) los dos ganan por cooperar; b) el comunero gana mucho por mandar a la cresta y el terrateniente pierde mucho por cooperar; c) el comunero pierde mucho por cooperar y el terrateniente mucho por mandar a la cresta; y d) Ambos pierden por no cooperar.

Hay, por lo tanto, una tentación por mandar a la cresta al otro, una recompensa por cooperar mutuamente, un castigo por mandarse a la cresta simultáneamente y un “pierde-todo” si se coopera con el abusador.

Estos son los resultados si el juego se realiza una sola vez. Es el dilema del prisionero en su forma básica, donde la tentación de mandar a la cresta rinde más que el premio por la cooperación, el castigo mutuo y, ciertamente, mucho más la opción ingenua de colaborar con el abusador.

¿Pero que pasa si el juego se realiza varias veces, y cada jugador puede cambiar su estrategia en base a lo que hace el otro?

Este experimento de la teoría de juegos, conocido como el dilema del prisionero con iteración, fue realizado a principios de los 80 por el cientista político Robert Axelrod, de la Universidad de Michigan. En vez de una repartición aleatoria de cartas, el juego consistía en elaborar una estrategia evolutiva que respondiera a la del contrincante y maximizara los resultados en una serie finita de vueltas. El experimento reveló que a las estrategias egoístas les iba peor que las cooperativas, o aquellas que al menos tenían una de las siguientes cuatro características:

Fair-play: el comunero o el terrateniente no mandan a la cresta si no en
respuesta al otro.

Retaliación: El optimismo ciego tampoco sirve: siempre cooperar da una ventaja desmedida a la estrategia depredadora. Si me pegan, pego.

Conciliación: Aunque comuneros y terratenientes recurran a la retaliación, en un momento tienen que volver a cooperar si el adversario da señales en ese
sentido.

Cero envidia: no sirve buscar a toda costa un puntaje mayor que el adversario, sino el equilibrio global de la situación.

Volviendo entonces a la metáfora nacional. El terrateniente y el comunero pierden más mandándose a la cresta que cooperando en el largo plazo. Hay una memoria histórica que le dice al mapuche que cooperar con un terrateniente abusador da beneficio cero, y al terrateniente una tentación de abusar porque los pobres indios no cachan nada. La situación ha cambiado, por primera vez desde 1881 (la “pacificación”), ya que los comuneros están dispuestos a esgrimir el garrote y empujar al terrateniente a definirse por una estrategia mixta: seguir abusando o cooperar según el caso.

Si nos remitimos al documental de María Teresa Larrain, fundacional para estos efectos, los comuneros jugaron primero la carta de la cooperación y Juan Agustín Figueroa los mandó a la cresta, como era lógico en su concepción del mundo y de las personas. Se han jugado ya varias partidas, en ese punto de la Araucanía y en muchos más. Los comuneros han recurrido a la única no-cooperación que les queda: no comer. Ante este emplazamiento radical, el Estado se saltó su rol de banca sesgada por el terrateniente y ahora esta cooperando. Falta ver que harán los terratenientes.

Este análisis se puede aplicar a otros conflictos que el Estado chileno (o su clase político-financiera dominante) mantiene hoy en día: La carrera armamentista con Perú o el mar para Bolivia. Esclarecedor, creo.

martes, 5 de octubre de 2010

Conflicto Mapuche y Dilema del Prisionero

En teoría de juegos, se habla de dilema del prisionero cuando dos partes deben optar entre cooperar o privilegiar sus propios intereses. La cooperación da más beneficios, pero implica más riesgos, el egoísmo rinde menos pero parece más seguro.

Hasta el momento, los ríos de tinta que han corrido respecto del conflicto se concentran en lo emocional. El despojo del pueblo mapuche (documentado por la historia, los medios alternativos y las redes sociales) y los daños sufridos por terratenientes y empresas forestales (difundido por la prensa mainstream).

Nadie, que yo sepa (ni siquiera esa analista preclara que es Tere Marinovic), ha aplicado un análisis de teoría de juegos. Lo más cercano es el trabajo de la cineasta María Teresa Larraín en su magnífico documental El Juicio a Pascual Pichún (Chile-Canadá, 2007). Magnífico por su sobriedad, su renuncia a toda estridencia y su compromiso con la deontología de la profesión. Todas las partes involucradas tienen voz: Pascual, comunero mapuche; el terrateniente Juan Agustín Figueroa, y sus respectivas familias. La realizadora encuadra, reúne las piezas, entrega algún contexto y deja al espectador formarse un juicio.

Conocido político, abogado radical y masón, Figueroa reconoce haber recibido una propuesta para compartir el recurso escaso de la zona (tierra), a lo cual “no podía acceder”. Los hermanos Pichún son acusados de recurrir a la violencia para revertir esta situación.

La directora registra el juicio a través de toda la gama de expresiones faciales de las partes y la retórica legal de los abogados. ¿Terrorismo o inquisición? ¿Racismo institucionalizado o Estado de derecho? Los acusados (y el juez) escuchan en silencio el despliegue argumentativo de la fiscalía y de los defensores. Ganan los segundos, pero Figueroa, hombre con llegada a las altas esferas del poder judicial, termina imponiendo sus intereses y enviando al comunero a la cárcel.

¿Gana la familia Figueroa imponiéndose a sus vecinos mediante el poder del Estado, al que tienen un acceso expeditivo? ¿Ganan los mapuches atacando su propiedad y su familia (en el entendido de que sean los autores del ataque)? La llave de la cooperación la tiene Figueroa, pero una llamada telefónica a los ministros de la Corte Suprema le resulta claramente más barata (en el corto plazo, al menos) que sentarse a conversar con sus vecinos.

En este dilema del prisionero el recurso escaso es la tierra, y las 1.800 hectáreas del caudillo radical se ubican en una zona donde la erosión se conjuga con el cultivo del pino radiata por grandes consorcios forestales. Los relatos fundacionales de terratenientes y comuneros operan como espejos que se clausuran, de manera no muy distinta (aunque felizmente menos visceral) que en el Medio Oriente: nosotros llegamos primero, la trabajamos con nuestras manos.
Ni Figueroa ni los comuneros se sienten con la libertad de dejar la tierra, antes verla arruinada que en poder del otro.

Algunos rudimentos de una posible respuesta al dilema estarían en la obra de Elinor Ostrom, cientista política estadounidense y primera mujer en ganar el Premio Nóbel de Economía (de hecho, el primer no-economista en hacerlo). Ostrom se basó en los trabajos de Robert Axelrod (The Emergente of Cooperation among Egoists) y Garret Hardin, para proponer una teoría sobre el uso de los bienes comunes y las instituciones de acción colectiva. Su ambición era proponer una alternativa a los defensores del Estado o de la Privatización para resolver los problemas vinculados a utilización de recursos de uso común, como el agua o la tierra, mediante contratos vinculantes que permitan repartir equitativamente los costos y beneficios.

La ventana de Ostrom, que supera tanto el nihilismo anarquista como el pesimismo liberal, parece plasmarse al final del documental de Larraín. Sobre fondo negro se explica que Aída, hermana de Juan Agustín Figueroa, ha decidido separar aguas de su hermano y trabajar con los comuneros. Eso fue en 2007. Habrá que ver en qué están ahora.


jueves, 9 de septiembre de 2010

200 Años

¿Qué es un Estado? ¿Es el Estado chileno algo más que una maquinaria de leyes que cumple doscientos años? Al no ser jurista ni politólogo, solo tengo la intuición de que los Estados son una realidad que se mueve poco: que el nacimiento del Estado es como la explosión de una supernova: algo que ocurre rara vez y cuyas consecuencias se extienden durante generaciones.

Leo que los Estados Modernos nacieron en 1648, en el tratado de paz de Westphalia, y que luego hubo tres grandes canteras: la independencia americana, la descolonización post Segunda Guerra y la implosión de la URSS en 1991.

Hoy existen varios Estados de facto, que operan en los márgenes de la legalidad internacional. Se trata de territorios con población permanente, gobierno autónomo, símbolos propios e incluso moneda nacional, pero que no están reconocidos por ningún miembro de la comunidad internacional, o solo por unos pocos.

El más emblemático es Somalilandia, una región escindida de Somalia en 1991. Ningún país se ha dado por enterado de su existencia, aunque tiene 3.5 millones de habitantes y banco central (7.500 chelines somalilandeses equivalen a un dólar).

Igual de singular es el caso de Nagorno-Karabak, Transnistria, Abkhazia u Osetia del Sur, una serie de modestas repúblicas del Cáucaso y Europa del Este, que parecen salidas de algún libro de Italo Calvino.

Transnistria es teóricamente parte de Moldavia pero tiene su propia moneda y un vistoso escudo en el que todavía destella, como en sus mejores tiempos, la hoz y el martillo. La economía es tan precaria (el presupuesto nacional es de apenas US$ 246 millones) que las compañías transnistrianas tienen que registrarse en la madre patria moldava para poder exportar.

Nagorno-Karabak es una antigua región de Azerbaiyán poblada mayoritariamente por armenios. A pesar de las heridas de guerra (unas 40 mil personas murieron entre 1988 y 1994) es un país bastante democrático para los estándares de la ex URSS. La economía es minúscula (US$ 260 millones, poco más que la facturación de Tur Bus del año pasado:) Usan la moneda Armenia (el dram) y solo tiene relaciones diplomáticas con Transnistria.

Abkhazia está un poco más inserta en al comunidad internacional. En su capital Sukhumi, un pueblito costero de 43 mil habitantes, solo hay cuatro embajadas: las de Rusia, Venezuela, Nicaragua y Nauru (una isla del Pacífico sur), los mismos que han reconocido a Osetia del Sur. Ambas viven de la inversión rusa y de la ayuda humanitaria.

A esta lista hay que agregar otra aún más freak: los Estados de Corta duración: La república de Ezo, reducto samurai en la isla Hokkaido aplastada por las tropas imperiales en 1869; la república autónoma de Cundinamarca, con capital en Bogotá; la república juliana, en el actual estado brasileño de Santa Catarina; la república federal centroamericana.

Estados fugaces y microestados de pacotilla como la república de Kenney. Duró siete meses y su territorio comprendía un pueblito de 325 habitantes en el estado de Minnesotta, que declaró su secesión en 1977 para recibir ayuda internacional y reparar su sistema de alcantarillado. O la República de la Isla de la Rosa, una plataforma flotante sobre el Adriático, cuya lengua oficial era el esperanto. Alcanzó a acuñar su propia moneda hasta que fue suprimida violentamente por el Estado italiano en la persona de cuatro carabinieri y un escuadrón de ingenieros navales que la dinamitaron sin más en 1968.

Hoy son muchos los estados sin reconocimiento pleno. Solo 22 países reconocen a Taiwán y 20 no reconocen a Israel. Nadie sabe cuántos han reconocido al Estado palestino, aparte del Vaticano y los miembros de la Liga Árabe. El Sahara Occidental (antes español) fue reconocido por 83 países pero muchos se retractaron. Kosovo ya lleva 69 reconocimientos y Chipre del Norte solo 1 (Turquía).

En el parlamento de Quilín (1641, o sea 7 años antes que el tratado de Westphalia) la corona española reconoció tácitamente a la nación mapuche. Firmó con sus representantes un tratado vinculante de límites territoriales. La república chilena los reconoció también, aunque a regañadientes (basta mirar un mapa de la época). Sin embargo, lo fue violando de manera más o menos encubierta hasta llegar al despojo final. Somos responsables (soy responsable) de una ignorancia cómplice con este proceso que hoy es problemático y tiene a 34 hombres (ciudadanos chilenos, aunque no les guste) dispuestos a morir si no se les escucha. ¿Qué dirán si los escucha el Estado? ¿Se sienten felices y protegidos los abkhazianos por su microestado? ¿Se sienten desamparados los georgianos en Osetia del Sur? ¿Los azerbaijanos en Nagorno-Karabak? Mayorías y minorías, fronteras visibles e invisibles, empoderamientos y exclusiones. Tal vez los anarquistas no dejen de tener razón.

sábado, 31 de julio de 2010

BanDesigualdad



Cuando Economista Marginal era un simple estudiante de pregrado en el convulsionado Valparaíso de los 80, una cosa le llamaba la atención de la disciplina. De la manera de modelar la esfera micro y macro solo cabía sacar una conclusión: que las rentas del capital siempre crecen por encima de los salarios.

En Chile corren hoy ríos de tinta y acusaciones cruzadas por la encuesta CASEN. Mucho más relevante es el informe de brechas de ingreso de la OCDE, que pasó casi desapercibido salvo por un buen artículo del Diario Financiero y notitas marginales en el Decano y en el Aspiracional.

La OCDE llega a una conclusión apabullante: en los últimos veinte años casi todos los países de mayor desarrollo han visto crecer la brecha de ingreso entre quintiles. Los pobres y la clase media se han empobrecido y los ricos son más ricos a pesar de la crisis de 2008. Compruébelo usted mismo país por país, salvo contadas excepciones como la francesa (vilipendiada y caricaturizada por The Economist y sus seguidores).

Cruce estos datos con los de la matriz del programa Doing Business del Banco Mundial y váyase a la sección “impuestos pagados como % de las utilidades” y verá como la tributación corporativa en Chile es un regalo de Dios. Ojo que el dato se refiere a impuestos pagados y no al IVA, que es meramente recaudado por las empresas.

Lo que nos lleva a la pregunta que nos corresponde a nosotros como genuinos aspiriacionales que somos: ¿qué país del mundo ha salido de la pobreza en base a un sistema económico determinado? Peor aun, en qué país el neoliberalismo ha ayudado de manera determinante a estrechar la brecha de ingresos y, al mismo tiempo, crecer.
La terrible respuesta es que ninguno: cero.

Los ingleses le rinden culto a Adam Smith, pero debieran poner en el mismo pedestal a su querida Commonwealth, notable eufemismo para decir Imperio. Rentas si no gratuitas, a bajísimo costo por el solo hecho de plantar una bandera y reivindicar la dolorosa responsabilidad del hombre blanco. Francia, monárquica, imperial o republicana, pero estatista hasta la médula e imperialista de corazón. Bélgica, con el coto de caza privado de su rey Leopoldo en el Congo, uno de los genocidios más infames y desconocidos de la historia. Y Norteamérica, tierra de los libres… Michael Moore ya lo dijo todo en su brillante historia resumida: le robaron sus tierras al nativo y su trabajo al africano, por no hablar de la mitad de la republica mexicana. Se le llama acumulación, y su magnitud en sangre, sudor y lágrimas hace palidecer todo lo que pudieron contribuir los grandes científicos e innovadores de estas naciones, que por cierto fueron muchos.

El crecimiento económico, mantra de los economistas, crea hoy empleos precarios bajo la tutela operativa del outsourcing o internacionalización. La sindicalización es una mala palabra y los sistemas educacionales fallan en lo básico: ensenar a pensar y a mirar, estimular las habilidades adaptativas y las soluciones no convencionales

Frente a este panorama siniestro, el candor y entusiasmo con que nuestras élites abrazan el modelo resulta casi ofensivo. Sube la pobreza, aumenta la brecha y se echan la culpa unos a otros. Que no hay plata para un sistema de salud público. Que no hay para subsidios. Que los programas están mal focalizados. Un poquito de vergüenza.

martes, 27 de julio de 2010

Toma Chocolate


El Economista Marginal se ha podido dedicar, por fin desde el Mundial, a asuntos más serios y de su competencia que el control mental de las masas por una pelota (el Complot Adidas).

¿Le gusta el chocolate? Pues sepa usted, dama o varón, que su placer es el sufrimiento de millones de trabajadores del Tercer Mundo, que extraen el fruto en regiones tropicales de África y América Latina, y la ganancia millonaria de unos pocos especuladores afincados en esa bella y excitante ciudad llamada Londres.

Sepa usted, si no lo sabe ya, que el chocolate es un subproducto de la mantequilla de cacao, extraida a su vez de la semilla fermentada de la Theobroma cacao.

Como cualquier commodity agrícola, el cacao ha experimentado unas alzas de precio brutales en los últimos cinco años.

¿Oferta y demanda? Sí y no. El mundo no solo tiene hambre dura, la que marca la supervivencia. También tiene hambre de placer, y en los países emergentes de Asia y América Latina, la demanda por chocolate aumenta cada año al ritmo de San Valentín y otros ritmos de apareamiento burgues. A pesar de lo que le digan los economistas, este mercado (el de los alimentos) no es transparente. Lo manipulan unos pocos y, en el caso del cacao, tiene un nombre: Armajaro.

Armajaro es una empresa de corretaje financiro británica, especializada en cacao, azúcar y café, o sea, tres de las cosas más agradables que ofrece la vida aparte del sexo. Tiene unos mil empleados, y hace ocho años compró el 5% de la producción mundial. Con esta operación hizo subir el precio a un nivel record de USD 2.220 por tonelada, ganando US$ 82 millones en la pasada.

Armajari acaba de hacer lo mismo hace unas pocas semanas. Esta vez por un 7% de la producción mundial de cacao. No entraremos en las complejidades de un contrato a futuro por 240 mil toneladas; solo cabe mencionar que con esta cantidad se puede cubrir la demanda estadounidense de unos 6 meses.

Teóricamente los contratos futuros fueron diseñados proteger a los productores y consumidores de las fluctuaciones de precios, de las tormentas, sequías y otros desastres naturales. Pero en la práctica ocurre lo contrario. No solo la demanda por alimentos está desbalanceada por el cambio climático y el creciente poder adquisitivo de las clases medias en Asia y América Latina. En medio están los especuladores, ganando, y los trabajadores en Costa Marfil, Ghana, Indonesia y Nigeria al límite de la subsistencia (los brasileños, ecuatorianos y dominicanos estarán un poco mejor, pero ni tanto).

Todo esto, querido consumidor(a), nos lleva al tema de la empatía. Sea usted consumidor de Garoto o de Varsovienne, su placer es la riqueza de unos pocos y el hambre de muchos. ¿Podemos lograr un sistema más armónico que el actual?