miércoles, 30 de marzo de 2011

Al Rico Carbón

Tiene razón Hidroaysen. Tienen razón el ministro Goldborne y el lobby nuclear. Tienen razón los ambientalistas (y no la tienen). Es linda la energía eólica, pero los molinos son maquinas moledoras de carne de aves migratorias. Y para alimentar la mitad del consumo chileno con energía solar tendríamos que tapar el desierto y secano costero con paneles: ¿Sabe usted dónde meter al tamarugo, la vizcacha, el zorrito culpeo?

Tiene razón también el periodista y escritor Mauricio Hasbún al señalar que los debates energéticos de esta parte del mundo les falta perspectiva. Hace poco me ha hecho llegar un artículo, publicado en diciembre de 2010 por The Atlantic, la revista liberal bostoniana por excelencia, cuyo titulo habla por si solo: Dirty Coal, Clean Future.

Sin negar la ciencia del cambio climático (ni su incertidumbre inherente), James Fallows, el autor, va en contra del consenso de los correctos, según el cual la únicas alternativas para evitar la catástrofe son bajar el consumo de energía y reruralizar la vida (¿candidatos para volver al horno de barro?), o apostar todas las fichas a las energías renovables no convencionales. Y el argumento es uno solo: hay tanto carbón en el mundo y es tan barato como fuente de energía por la simple razón de que sus externalidades negativas no están incorporadas como costos operacionales. Para que esto ocurra y se cobre un impuesto por emitir CO2, las 294 naciones soberanas del mundo deben alcanzar un consenso político que, si de algo sirvieron las conferencias de Copenhague y Cancún, fue para demostrar su imposibilidad práctica. En otras palabras, para el articulista lo único que vale hoy es usar el carbón de manera inteligente. Y la respuesta para está en la colaboración científica entre China y EE.UU.

Además de ser los dos mayores emisores de CO2 del planeta, son economías especulares: una consume y diseña los productos que la otra produce, el déficit de cuenta corriente de una es el superávit de la otra, y así… Pero lo que el artículo pone en evidencia es que una crece a una velocidad infinitamente superior que la otra, y con ello su demanda por energía. En los próximos 50 años unos 350 millones de chinos vivirán en ciudades y sectores urbanos que hoy no existen, lo que obligará al Reino Medio a crear un sistema energético equivalente al que hoy tiene EEUU. Y si algo caracteriza la tecnocracia de partido único de China es su frío realismo. Tienen enormes reservas de carbón y lo van a usar. Hasta aquí llega el estereotipo: los mayores avances en tecnologías de captura y almacenamiento de CO2 se están haciendo en China… con ayuda estadounidense. Lea el articulo y verá que la cosa va en serio.

Las dos grandes naciones están asentadas sobre verdaderos océanos de carbón, formados hace millones de años por la descomposición de materia orgánica vegetal. Y la ecuación es simple: sacamos el carbón del suelo (proceso particularmente sucio, erosivo, invasivo y mortalmente peligroso para los mineros), lo quemamos en centrales eléctricas que alimentan el aparato económico del que usted o yo somos cómplices al recargar nuestras baterías, viendo El Discurso del Rey DVD tras calentarnos una sachet de popcorn en el microondas.

Según el bioquímica británico Nick Lane, autor de Life Ascending, uno de los grandes libros científicos de 2010, cada átomo de carbono es la antitesis de una molécula de oxigeno en el aire: por cada átomo de carbono que sacamos del suelo y quemamos como combustible fósil, una molécula de oxigeno desaparece. Pero afortunadamente no nos quedaremos sin oxigeno por la simple razón de que todavía hay suficiente materia vegetal en el planeta que lo sigue generando continuamente a través de la fotosíntesis. Oxigeno que los seres vivos consumimos para respirar, que las vacas queman en sus estómagos y transforman en lácteos y pedos ricos en metano. Nuestro metabolismo mamífero no funciona con energía solar como el de los lagartos, sino con oxigeno y CO2.

Dentro de poco seremos 8 mil millones de quemadores andantes de CO2. Y para que usted se deleite con algún video viral en Youtube los servidores de este proveedor de contenido seguirán consumiendo cantidades monstruosas (y crecientes) de energía para refrigerarse. ¿La idea no es la digitalización, salvar a los bosques y ayudar a las Pymes?

Hay laboratorios que hoy se desvelan por encontrar la piedra filosofal del hidrógeno, una fuente prácticamente infinita de energía, que terminaría de raíz con el problema en discusión. Pero cuando eso ocurra habrá pasado su tiempo. No parece haber un apuro excesivo de los ciudadanos por exigir un impuesto al CO2: más preocupan el futbol, la delincuencia y el microtráfico en La Legua. Y mientras tanto la relación de costos entre las energías alternativas v/s la termoelectricidad a carbón es tal que no valdría la pena hacerse ninguna ilusión acerca de ciudades alimentadas por paneles solares o molinos eólicos. ¿O no, Mauricio?

sábado, 26 de marzo de 2011

La Economia del MegaConcierto Ultra Super Cool

¿Por qué las personas pagan grandes sumas de dinero por asistir a megaconciertos? Desde un punto de vista puramente económico (dejando de lado sociología, Adorno, Debord, Escuela de Francfort y situacionismo, etc.) puede resultar enigmática la predisposición a pasar largas horas de pie, expuesto a la mínima visibilidad que ofrece una entrada de cancha. O sumas que equivalen a uno o dos salarios mínimos por las ubicaciones de privilegio.

En cierta forma, el megaconcierto es un bien posicional, según el concepto acuñado por el economista Fred Hirsch en 1976. Confiere status estar allí, ya sea en la incomodidad de la cancha o en el golden circle de U2: Bono en primer plano del iPhone. O una figura mítica, entrevista a la distancia, entre los cuerpos y los brazos erguidos que luchan por capturarla en la cámara del celular.

A diferencia de otros bienes, la demanda por un bien posicional aumenta con el precio. Buenas noticias para el que lo ofrece. El dueño de la franquicia obtiene una renta económica de un valor presente infinito. Por esto la megaescenografía, la logística colosal, el gigantismo propio de las religiones monoteístas. Por eso la necesidad de algunas estrellas del firmamento pop-rock-suave-con-contenido de involucrarse en acciones caritativas.

Para que el bien posicional sea aun más posicional, los encargados de la gestión invitan a famosos locales para que disfruten de las entradas de privilegio. Se forma así una suerte de corte tal y como la de los Borbones franceses, a quienes el populacho podía ver comer y cenar en sus hermosos jardines.

Pero no hay que ser pesado solo con el arena rock… En cierta forma todos los productos culturales de éxito son bienes posicionales. El Best Seller se lee mientras mas paginas tiene; los lectores pagan más por la primera edición, la más cara, la de tapa dura. A medida en que se pierde la novedad y se pasa al bolsillo y la demanda cae. Según esta interpretación, los chilenos no leen poco porque los libros sean caros. Leen poco porque no le confieren estatus posicional al libro.

jueves, 17 de marzo de 2011

Origami para Japon

Es difícil pensar en una acción más estéril que enviar donaciones a Japón. El Estado, las compañías y los fondos de pensión japoneses tienen US$ 300 mil millones en bonos del tesoro estadounidense, US$ 30.000 millones en títulos de deuda pública brasileña y un largo etcétera de activos financieros en las principales plazas bursátiles del mundo.

Cada jubilado japonés, ese hombre de 65 años que fue rescatado flotando sobre el techo de su casa, a 15 km. de la costa, esas ancianitas refugiadas en un gimnasio, ateridas en torno a una estufa Toitomi mientras la nieve cae sobre Sendai, están sentadas sobre montañas de dinero. Lo que necesitan es afecto. Un afecto que el Estado japonés no está en condiciones de entregarles. De hecho, el Estado japonés es hoy tan impotente en distribuir dinero como Haití, un país total y absolutamente carente en recursos, infraestructura y capital, hace poco más de un año.

¿Qué podrán de tener en común el tercer país más rico del mundo con el más pobre del hemisferio occidental? ¿Qué tienen en común con Chile, nación de ingreso medio, inserta en la economía mundial, que ante una catástrofe semejante se quedó sin telefonía, sin sistemas públicos capaces de socorrer (no ya de informar oportunamente) a su población? ¿Qué tienen en común con el Estado federal estadounidense, capaz de enviar tropas a cualquier parte del mundo, pero totalmente impotente frente al huracán que pulverizó la ciudad de Nueva Orleans?

Los libertarios de derecha e izquierda deben estar haciéndose su agosto: los estados pobres y ricos, en el momento crítico, arrugan. Y vale la pregunta preguntarse por qué.

¿Es el reflejo automáticamente cauteloso del burócrata, incapaz de tomar riesgos? ¿El desfase entre los legalismos decimonónicos del Estado y la velocidad que le han imprimido a la percepción individual y colectiva las redes celulares e Internet? El ejército japonés se ha desplegado con eficiencia en las zonas afectadas, los periodistas han llegado con sus cámaras, ¿pero dónde están los sociólogos, los asistentes sociales, los sicólogos de los sistemas públicos? En cualquier parte, el Estado es un sistema impersonal y jerárquico; lo administran sujetos esclavizados por las expectativas racionales, que toman decisiones en función de lecturas de corto plazo, electorales y financiero-presupuestarias. Disponer de sistemas de apoyo emocional y afectivo a la población siniestrada no forma parte de su ADN. Que cada cual se las rasque con sus propias uñas, que los propios ciudadanos compartan el combustible y los alimentos y se den apoyo, o se roben y desconfíen unos a otros como ocurrió en Chile el último fin de semana de febrero de 2010. Porque allí donde el Estado ha desaparecido se pueden dar estos dos escenarios: la ausencia total de vínculos intersubjetivos, o su presencia majestuosa, la ley de la selva o la autogestión, la depredación o la solidaridad. Ambas ponen en entredicho al Estado mismo.

Si me apuran, diría que el Estado va a sufrir en los próximos años su mayor test de resistencia desde la Segunda Guerra Mundial. Frente a la crisis financiera, los países ricos corrieron a socorrer a los bancos y hoy le pasan la cuenta al ciudadano. Ahora recortan beneficios, sueldos y puestos de trabajo, sin tocar los beneficios de los grandes banqueros (ni los presupuestos de defensa). El costo de legitimidad está por verse: populismos y extremismos ya incubados. Si creemos a ciertos científicos que las mareas subirán, que algunos sistemas urbanos son inviables, que los sistemas previsionales colapsarán con tanto anciano, cabe preguntarse qué futuro le espera al Estado. Qué planes tiene frente a una gran tormenta solar, un meteorito lo suficientemente grande como para borrar un continente o un nuevo terremoto en San Francisco.

Pero volviendo a la tragedia japonesa. Insisto en que esos ancianos que han perdido todo, que pasaron hambre durante la Segunda Guerra Mundial y creyeron durante más de medio siglo que su Estado los protegería a todo evento, no necesitan donaciones en dinero, frazadas o alimentos. Necesitan el afecto que no les da el Estado. Necesitan, como pide mi amiga María José Ferrada, que les enviemos grullas de origami, flores, ikebana, dibujos, cosas hechas con nuestras manos, objetos que recogen nuestras percepciones frente al misterio, lo que no cabe en palabras, lo que la política y el Estado abandonaron hace rato.

martes, 23 de noviembre de 2010

Cancún

Economista Marginal parte a su misión más compleja: asistir a la Conferencia Mundial de Cambio Climático en Cancún.

¿Como encontrarle un sentido narrativo a la cacofonía de voces, posturas e intereses de un encuentro así?

Hace un año las naciones del mundo no pudieron producir un acuerdo vinculante para reducir las emisiones de carbono. Anticapitalistas, emergentes, grandes potencias, islitas del pacifico que desaparecerán si no se hace algo, los intereses de unos y otros chocaron y el juego sumó cero. Claro, se habían reunido en Copenhague, bella y fría ciudad luterana. Tal vez ahora, bajo el sol del Caribe, el ánimo sea mejor. Además, ya no irán jefes de Estado sino ministros que llevan casi seis meses bajando las expectativas. Partiendo por la jafaza ONU en estos temas, la costarricense Christiana Figueres, que dejó a todo el mundo helado en la ultima conferencia en Bonn al decir: “No habrá un acuerdo vinculante mientras yo este viva”.

Es el peor de los momentos para discutir estas cosas. Europa esta en crisis, China le tira la pelota e Estados Unidos y Obama tiene a los escépticos como mayoría en la cámara. Como las decisiones se toman por unanimidad, bastan dos o tres disidentes para que no haya acuerdo, papel que cumplió en Copenhague el grupo ALBA.
Para colmo la ciencia del cambio climático quedo coja (léase perdió legitimidad) por el escándalo de los e-mails. Un servidor de una universidad británica divulgo correos privados de investigadores que dudaban de las cifras

Parece que una de las discusiones clave será la de los bosques. Los países que tienen árboles cuentan con una moneda de cambio y pedirán plata para cuidar sus bosques. Pero póngase en el lugar de Arabia Saudita, un país rico que solo exporta un combustible fósil, y que no tiene un solo puto árbol. Póngase usted en el caso de Kiribati, una nación soberana de 98 mil habitantes, que quedara totalmente sumergida si el nivel del océano pacifico sube 2 o 3 metros durante el próximo siglo. A Kiribati solo le queda negociar una cuota migratoria de sus ciudadanos (tan poquitos que Australia podría hacerse cargo) o bajar el telón, si Bolivia no torpedea un acuerdo que no sea 100% del gusto de Hugo Chávez (que comparte intereses con los sauditas). Póngase usted en el caso de Dinamarca, un país desarrollado y 90% eólico (o sea, con una holgura de bonos de carbono que ni te explico). Póngase usted en el lugar de Brasil, que tiene biocombustibles y árboles. Póngase en el lugar de Bolivia, que por primera vez en su historia ve su mediterraneidad no como maldición si no como arma política: no tiene nada que perder si el Pacifico sube y borra a Arica, Iquique, Tocopilla y Antofagasta del mapa.

Estas contradicciones no se zanjarán en Cancún, pero algún tipo de acuerdo o de preacuerdo debiera surgir. Y apostaría porque en estos momentos las delegaciones ya afinan sus estrategias, los tecnócratas sacan sus cálculos, los periodistas sueñan con la cuña ideal, y Economista Marginal prepara su maleta, sus lentes de sol y mucho bloqueador solar.

sábado, 16 de octubre de 2010

Chilean Style

“El Supremo momento en vivo”, así catalogó un diario estadounidense la liberación de los 33 mineros chilenos desde las entrañas de la tierra. El comentario da cuenta de la violenta alza de rating conseguido por Chile en la economía mediática mundial. Y en la mejor de las condiciones, no por una guerra civil catastrófica ni una toma de rehenes, sino mediante una mezcla edificante de solidaridad, emoción, drama y competencia técnico-política. Decenas de millones de telespectadores, internautas, tuiteros y blogeros ahora saben no solo donde está Chile, cuál es su bandera y cómo se llama su presidente: ¡saben además dónde está Copiapó! Y también que sus ingenieros son de excelencia y sus trabajadores poseen un temple sobrecogedor. Ni ganar un mundial hubiera sido tan redituable.

La pregunta de rigor no es solo si estos cinco minutos de fama internacional permanecerán en el inconsciente colectivo por un tiempo mayor (Hollywood mediante). Ni si el proyecto de una derecha liberal y democrática tendrá una proyección mayor a la del individuo que la encarna hoy, orador deplorable y estratega de respeto. Algunos se han apurado en decir que Chile compró pasajes para el primer mundo gracias a los mineros. Exagerado o no, el comentario apunta a la relación, no del todo estudiada por la ciencia social, entre narrativa, identidad y progreso económico.

¿Se siente el trabajador chileno más valorado hoy que ayer? ¿Está dispuesto a sacrificarse, aplicarse en el trabajo y colaborar en pos de objetivos comunes? ¿Están sus jefes más proclives a la empatía, a respetar las leyes laborales y proveerlos de un entorno mejor y más seguro para trabajar?

El economista Kaushik Basu, de la universidad de Cornell, afirma que los la economía tradicional subvalora el rol de la identidad en la productividad de las personas y que los pobres carecen de “capital de participación”, es decir, del sentido de participar en la sociedad y contar con derechos comparables a los del resto. Pero la correlación entre la performance económica y la identidad es significativa. En este sentido, “Mineros de Chile” ha pasado a ser un slogan de consecuencias impredecibles para un país que obtiene la mitad de sus ingresos por exportación del trabajo de hombres que se sumergen bajo tierra. El gobierno apostó, arriesgó y ganó la partida, pero es poco probable que haya medido las consecuencias políticas y económicas de hacerlo. Ya no serán triviales las negociaciones colectivas, ni la forma de proceder de la pequeña y mediana minería.

Paradojal es también que la crisis y su desenlace feliz se hayan desarrollado en medio del debate parlamentario sobre el royalty minero. No viene al caso, para estos efectos, que la gravamen sea alto o bajo, adecuado o insuficiente. Lo notable son los detalles que salen a la luz con el debate, que los algunos tuiteros recalcaron frente a la indiferencia de los grandes medios: pasó relativamente desapercibido que Pablo Longueira, un epitome de la austeridad gremialista, sea empresario minero, o que otro de la misma tienda, el diputado Carlos Vilches, tenga participación en tres sociedades del rubro: son pequeños mineros y el royalty afecta a los grandes, los que tenían la tecnología y los recursos para salvar a los mineros de la pequeña y precaria minería: la de los socavones infectos y la subcontrataciones abusivas.

Al margen de estos detalles sórdidos (que en rigor solo nos conciernen a nosotros), el mundo entero ha gritado “¡chi-chi-chi!”, incluyendo estas niñitas gringas que algún día nos visitarán, lindas mochileras dispuestas a revivir lo que ya constituye un mito mundial: el chilean style.

jueves, 7 de octubre de 2010

Dilema del Prisionero y Conflicto Mapuche (II)

Siguiendo la aplicación de la teoría de juegos al conflicto mapuche, esbozada en el post anterior, supongamos que los jugadores son dos: uno es un comunero y el otro un terrateniente. El Estado hace de banca y baraja las cartas. Las rojas significan “cooperar” y las negras “no cooperar” (léase mandar al otro a la cresta). Cada jugador sabe su carta pero desconoce la del otro.

Los resultados posibles son cuatro:

a) los dos ganan por cooperar; b) el comunero gana mucho por mandar a la cresta y el terrateniente pierde mucho por cooperar; c) el comunero pierde mucho por cooperar y el terrateniente mucho por mandar a la cresta; y d) Ambos pierden por no cooperar.

Hay, por lo tanto, una tentación por mandar a la cresta al otro, una recompensa por cooperar mutuamente, un castigo por mandarse a la cresta simultáneamente y un “pierde-todo” si se coopera con el abusador.

Estos son los resultados si el juego se realiza una sola vez. Es el dilema del prisionero en su forma básica, donde la tentación de mandar a la cresta rinde más que el premio por la cooperación, el castigo mutuo y, ciertamente, mucho más la opción ingenua de colaborar con el abusador.

¿Pero que pasa si el juego se realiza varias veces, y cada jugador puede cambiar su estrategia en base a lo que hace el otro?

Este experimento de la teoría de juegos, conocido como el dilema del prisionero con iteración, fue realizado a principios de los 80 por el cientista político Robert Axelrod, de la Universidad de Michigan. En vez de una repartición aleatoria de cartas, el juego consistía en elaborar una estrategia evolutiva que respondiera a la del contrincante y maximizara los resultados en una serie finita de vueltas. El experimento reveló que a las estrategias egoístas les iba peor que las cooperativas, o aquellas que al menos tenían una de las siguientes cuatro características:

Fair-play: el comunero o el terrateniente no mandan a la cresta si no en
respuesta al otro.

Retaliación: El optimismo ciego tampoco sirve: siempre cooperar da una ventaja desmedida a la estrategia depredadora. Si me pegan, pego.

Conciliación: Aunque comuneros y terratenientes recurran a la retaliación, en un momento tienen que volver a cooperar si el adversario da señales en ese
sentido.

Cero envidia: no sirve buscar a toda costa un puntaje mayor que el adversario, sino el equilibrio global de la situación.

Volviendo entonces a la metáfora nacional. El terrateniente y el comunero pierden más mandándose a la cresta que cooperando en el largo plazo. Hay una memoria histórica que le dice al mapuche que cooperar con un terrateniente abusador da beneficio cero, y al terrateniente una tentación de abusar porque los pobres indios no cachan nada. La situación ha cambiado, por primera vez desde 1881 (la “pacificación”), ya que los comuneros están dispuestos a esgrimir el garrote y empujar al terrateniente a definirse por una estrategia mixta: seguir abusando o cooperar según el caso.

Si nos remitimos al documental de María Teresa Larrain, fundacional para estos efectos, los comuneros jugaron primero la carta de la cooperación y Juan Agustín Figueroa los mandó a la cresta, como era lógico en su concepción del mundo y de las personas. Se han jugado ya varias partidas, en ese punto de la Araucanía y en muchos más. Los comuneros han recurrido a la única no-cooperación que les queda: no comer. Ante este emplazamiento radical, el Estado se saltó su rol de banca sesgada por el terrateniente y ahora esta cooperando. Falta ver que harán los terratenientes.

Este análisis se puede aplicar a otros conflictos que el Estado chileno (o su clase político-financiera dominante) mantiene hoy en día: La carrera armamentista con Perú o el mar para Bolivia. Esclarecedor, creo.

martes, 5 de octubre de 2010

Conflicto Mapuche y Dilema del Prisionero

En teoría de juegos, se habla de dilema del prisionero cuando dos partes deben optar entre cooperar o privilegiar sus propios intereses. La cooperación da más beneficios, pero implica más riesgos, el egoísmo rinde menos pero parece más seguro.

Hasta el momento, los ríos de tinta que han corrido respecto del conflicto se concentran en lo emocional. El despojo del pueblo mapuche (documentado por la historia, los medios alternativos y las redes sociales) y los daños sufridos por terratenientes y empresas forestales (difundido por la prensa mainstream).

Nadie, que yo sepa (ni siquiera esa analista preclara que es Tere Marinovic), ha aplicado un análisis de teoría de juegos. Lo más cercano es el trabajo de la cineasta María Teresa Larraín en su magnífico documental El Juicio a Pascual Pichún (Chile-Canadá, 2007). Magnífico por su sobriedad, su renuncia a toda estridencia y su compromiso con la deontología de la profesión. Todas las partes involucradas tienen voz: Pascual, comunero mapuche; el terrateniente Juan Agustín Figueroa, y sus respectivas familias. La realizadora encuadra, reúne las piezas, entrega algún contexto y deja al espectador formarse un juicio.

Conocido político, abogado radical y masón, Figueroa reconoce haber recibido una propuesta para compartir el recurso escaso de la zona (tierra), a lo cual “no podía acceder”. Los hermanos Pichún son acusados de recurrir a la violencia para revertir esta situación.

La directora registra el juicio a través de toda la gama de expresiones faciales de las partes y la retórica legal de los abogados. ¿Terrorismo o inquisición? ¿Racismo institucionalizado o Estado de derecho? Los acusados (y el juez) escuchan en silencio el despliegue argumentativo de la fiscalía y de los defensores. Ganan los segundos, pero Figueroa, hombre con llegada a las altas esferas del poder judicial, termina imponiendo sus intereses y enviando al comunero a la cárcel.

¿Gana la familia Figueroa imponiéndose a sus vecinos mediante el poder del Estado, al que tienen un acceso expeditivo? ¿Ganan los mapuches atacando su propiedad y su familia (en el entendido de que sean los autores del ataque)? La llave de la cooperación la tiene Figueroa, pero una llamada telefónica a los ministros de la Corte Suprema le resulta claramente más barata (en el corto plazo, al menos) que sentarse a conversar con sus vecinos.

En este dilema del prisionero el recurso escaso es la tierra, y las 1.800 hectáreas del caudillo radical se ubican en una zona donde la erosión se conjuga con el cultivo del pino radiata por grandes consorcios forestales. Los relatos fundacionales de terratenientes y comuneros operan como espejos que se clausuran, de manera no muy distinta (aunque felizmente menos visceral) que en el Medio Oriente: nosotros llegamos primero, la trabajamos con nuestras manos.
Ni Figueroa ni los comuneros se sienten con la libertad de dejar la tierra, antes verla arruinada que en poder del otro.

Algunos rudimentos de una posible respuesta al dilema estarían en la obra de Elinor Ostrom, cientista política estadounidense y primera mujer en ganar el Premio Nóbel de Economía (de hecho, el primer no-economista en hacerlo). Ostrom se basó en los trabajos de Robert Axelrod (The Emergente of Cooperation among Egoists) y Garret Hardin, para proponer una teoría sobre el uso de los bienes comunes y las instituciones de acción colectiva. Su ambición era proponer una alternativa a los defensores del Estado o de la Privatización para resolver los problemas vinculados a utilización de recursos de uso común, como el agua o la tierra, mediante contratos vinculantes que permitan repartir equitativamente los costos y beneficios.

La ventana de Ostrom, que supera tanto el nihilismo anarquista como el pesimismo liberal, parece plasmarse al final del documental de Larraín. Sobre fondo negro se explica que Aída, hermana de Juan Agustín Figueroa, ha decidido separar aguas de su hermano y trabajar con los comuneros. Eso fue en 2007. Habrá que ver en qué están ahora.