viernes, 29 de abril de 2011
Concepto Dittborn
Que un posteo del ex parlamentario UDI Julio Dittborn sea trending topic es sintomático: No hay que tomar a la ligera las ciencias sociales. “Es el chorreo lo que disminuye el robo”, dice en su frase más contundente este Master of Arts de la Universidad de Chicago. Para llegar a semejante conclusión, toma por ejemplo un suburbio neoyorquino donde “no hay rejas y usted deja la casa vacía por unos días y le llega una encomienda, el cartero la deja en la puerta y… ¡nadie se la lleva!”
Sobre esta observación rigurosamente cierta, Dittborn construye una asombrosa teoría social basada en el determinismo matemático y la teoría económica neoclásica. Cuando Chile tenga un salario mínimo equivalente al de EE.UU. –y los artículos de segunda mano sean igual de baratos- habrá paz en los barrios de Vitacura y Las Condes. La delincuencia como problematización del ABC1. “Acá casi no hay casas con alarmas, de hecho las casas no tienen cercos. ¡Para que hablar de cercos eléctricos! Nunca he visto uno.”
¿Se puede criticar a un individuo por su sinceridad? ¿A un ex político por mostrar su precariedad intelectual en la red? “Las cosas son acá muy baratas y no tiene sentido arriesgarse a robar para conseguir cosas”.
Son comentarios extraídos de una oralidad de club de Golf. Tampoco se le puede criticar a un ingeniero comercial PUC no manejar literatura especializada en urbanismo, sociología o neurociencia. O por no haber tomado, siquiera por curiosidad, el transporte público ferroviario (PATH) y haberse bajado en la siniestra Newark, o en Jersey City. ¿Cómo podría comprender Dittborn que a negros y latinos, a los dominicanos o a los puertorriqueños no les conviene pensar siquiera en asaltar la casa de un blanco estadounidense?
Dittborn cree en el sueño americano: “Un salvadoreño o guatemalteco recién llegado acá se compra un auto en un par de meses si gana el mínimo”. Su cosmovisión es coherente, redonda y anti-complejidad.
Si usted busca videos de Julio Dittborn en la red, se encontrará con un político sensato y articulado. ¿Qué pasó? Cuando ejercía su función de Estado, tendría jóvenes economistas de un think tank conservador editándolo, robusteciendo sus textos con argumentos jurídicos y estadísticos. Hoy ya no representa a nadie. Ya no participa en comisiones parlamentarias, su voto ya no decide el subsidio a las madres solteras, los fondos culturales, el royalty minero o la política energética. Es un simple expatriado chileno ABC1 en “un muy buen barrio” cerca de Nueva York, viviendo de sus rentas, enviando archivos adjuntos a un medio electrónico de alto tráfico, ingenuo a la lectura devastadora de las redes sociales.
martes, 12 de abril de 2011
Buenos días, Perú
¿Qué llevó a la centroderecha peruana a levantar tres candidaturas que no llegaron a ninguna parte? La soberbia, la fe ciega en la cifras macroeconómicas y, como dice el muy lúcido Farid Kahhat, la falta de cultura teatral de la élite, que solo conoce la tragedia y, más encima, confunde siempre a los personajes.
“En San Marcos hay demasiados cholos”, dice el padre de Zavalita en un diálogo memorable de Conversación en la Catedral. Su autor es hoy adalid del statu quo, pero hace cuarenta años tenía propuesta y visión. Y compartía claustro con el padre de Ollanta Humala. Sí, están los cholos y los indios, los zambos alejados del oropel, las comunidades andinas que se están quedando sin el agua que succionan las grandes mineras, y un largo etcétera de agravios cuya única expresión concreta es el voto.
Ríos de tinta corren acerca del singular sistema de partidos (o más bien de no-partidos) de nuestros hermanos. Quiero más bien centrarme en la metástasis común a las democracias de mercado, en las cuales la asignación de recursos es eficiente y aparentemente racional, pero el sistema de políticas públicas atrozmente cortoplacista.
No hay político ni gobierno que no abogue por las pymes. O que declare su férreo compromiso en la lucha contra las drogas y la delincuencia. Aunque el sujeto de marras, actor de un espectáculo de masas, declare su más estricto apego a la ética judeocristiana, la intimidad es más compleja. Oh, naturaleza humana, consume drogas, tiene amantes y, en las votaciones relevantes, se abstiene discretamente para que se forme otro oligopolio bancario. Y si se declara progresista, heredero de tradiciones sindicales y obreras, no se sorprenda de sus tratos privados con los mismos oligopolios e intereses corporativos que suele denostar en público.
Ocurre en nuestras economías emergentes católicas, y en la propia Babilonia protestante de mercado, donde las armas de fuego y la libre expresión son derecho constitucional.
Desde que el sonriente Ronald Reagan conquistó los corazones de la América profunda hace ya treinta años, la desigualdad y su correlato, la concentración del ingreso, no hacen sino aumentar en el mundo. No es solo que las rentas de capital aumenten más que los salarios; o que el discurso de la eficiencia y la externalización se traduzcan en un crecimiento económico sin creación de empleos. Si usted no está en la creación de valor a través de la magia de las finanzas, el deporte de alta competencia o la entretención masiva, lo más probable es que jubile de manera modesta y tenga severos problemas para comprarse los remedios para la osteoporosis, o arreglar esos dientes descalcificados que su seguro de salud no le cubre porque su caída es un lamentable dispositivo de la evolución para que los viejos cedan paso a los jóvenes. Eso por no hablar de su salud mental, que se reembolsa de manera tan austera como los subsidios a la educación.
Los liberales le dicen que, oh sorpresa, usted tiene la libertad de elegir entre un servicio estatal decadente y otro privado lleno de promotoras, vendedoras y call centers: eduque a su vástago de acuerdo a su conciencia, cristiana o agnóstica. Es cosa suya. Venga y pague. Firme el pagaré.
El neoliberalismo es hijo de la teoría económica neoclásica. Determinación de precios, producción y distribución del ingreso en mercados de oferta y demanda, mediados por la maximización de beneficios, la información disponible, la limitación de los recursos y la teoría de las decisiones racionales. Un pensum complejo y tan elaborado como la teología cristiana, y no menos basado en la fe.
Como toda racionalización, compendia y sistematiza los atavismos de la especie: usted primero, segundo y tercero. Usted antes que el otro perdedor que le antecede en la fila. Pero su gran enemigo no es la izquierda nostálgica o Al Qaeda. Es la demografía: las sociedades que han alcanzado el ideal capitalista operan con costos de tal magnitud que tener muchos hijos es un mal negocio. Ergo, la población económicamente activa se estanca y los únicos que la alimentan son los inmigrantes, esos convidados de piedra que diluyen la pureza de la raza, y las minorías religiosas.
Lo paradojal del caso peruano es que el modelo se está contradiciendo antes de dar sus frutos en plenitud. Nación de emigrantes antes que de inmigrantes (al menos en el último cuarto de siglo), que aún no entra en la transición demográfica, donde la raza es mixta y, sin embargo, sigue siendo discurso. Keiko tiene pasivos políticos de magnitud, ¿pero cabe negarle su derecho a la peruanidad? Sintomático el caso del derrotado PPK, un gringo con pasaporte al día, que contribuye al partido republicano de Palin. ¿La única forma de apropiárselo que encontró la cholada adicta? Agarrarle los testículos.
“En San Marcos hay demasiados cholos”, dice el padre de Zavalita en un diálogo memorable de Conversación en la Catedral. Su autor es hoy adalid del statu quo, pero hace cuarenta años tenía propuesta y visión. Y compartía claustro con el padre de Ollanta Humala. Sí, están los cholos y los indios, los zambos alejados del oropel, las comunidades andinas que se están quedando sin el agua que succionan las grandes mineras, y un largo etcétera de agravios cuya única expresión concreta es el voto.
Ríos de tinta corren acerca del singular sistema de partidos (o más bien de no-partidos) de nuestros hermanos. Quiero más bien centrarme en la metástasis común a las democracias de mercado, en las cuales la asignación de recursos es eficiente y aparentemente racional, pero el sistema de políticas públicas atrozmente cortoplacista.
No hay político ni gobierno que no abogue por las pymes. O que declare su férreo compromiso en la lucha contra las drogas y la delincuencia. Aunque el sujeto de marras, actor de un espectáculo de masas, declare su más estricto apego a la ética judeocristiana, la intimidad es más compleja. Oh, naturaleza humana, consume drogas, tiene amantes y, en las votaciones relevantes, se abstiene discretamente para que se forme otro oligopolio bancario. Y si se declara progresista, heredero de tradiciones sindicales y obreras, no se sorprenda de sus tratos privados con los mismos oligopolios e intereses corporativos que suele denostar en público.
Ocurre en nuestras economías emergentes católicas, y en la propia Babilonia protestante de mercado, donde las armas de fuego y la libre expresión son derecho constitucional.
Desde que el sonriente Ronald Reagan conquistó los corazones de la América profunda hace ya treinta años, la desigualdad y su correlato, la concentración del ingreso, no hacen sino aumentar en el mundo. No es solo que las rentas de capital aumenten más que los salarios; o que el discurso de la eficiencia y la externalización se traduzcan en un crecimiento económico sin creación de empleos. Si usted no está en la creación de valor a través de la magia de las finanzas, el deporte de alta competencia o la entretención masiva, lo más probable es que jubile de manera modesta y tenga severos problemas para comprarse los remedios para la osteoporosis, o arreglar esos dientes descalcificados que su seguro de salud no le cubre porque su caída es un lamentable dispositivo de la evolución para que los viejos cedan paso a los jóvenes. Eso por no hablar de su salud mental, que se reembolsa de manera tan austera como los subsidios a la educación.
Los liberales le dicen que, oh sorpresa, usted tiene la libertad de elegir entre un servicio estatal decadente y otro privado lleno de promotoras, vendedoras y call centers: eduque a su vástago de acuerdo a su conciencia, cristiana o agnóstica. Es cosa suya. Venga y pague. Firme el pagaré.
El neoliberalismo es hijo de la teoría económica neoclásica. Determinación de precios, producción y distribución del ingreso en mercados de oferta y demanda, mediados por la maximización de beneficios, la información disponible, la limitación de los recursos y la teoría de las decisiones racionales. Un pensum complejo y tan elaborado como la teología cristiana, y no menos basado en la fe.
Como toda racionalización, compendia y sistematiza los atavismos de la especie: usted primero, segundo y tercero. Usted antes que el otro perdedor que le antecede en la fila. Pero su gran enemigo no es la izquierda nostálgica o Al Qaeda. Es la demografía: las sociedades que han alcanzado el ideal capitalista operan con costos de tal magnitud que tener muchos hijos es un mal negocio. Ergo, la población económicamente activa se estanca y los únicos que la alimentan son los inmigrantes, esos convidados de piedra que diluyen la pureza de la raza, y las minorías religiosas.
Lo paradojal del caso peruano es que el modelo se está contradiciendo antes de dar sus frutos en plenitud. Nación de emigrantes antes que de inmigrantes (al menos en el último cuarto de siglo), que aún no entra en la transición demográfica, donde la raza es mixta y, sin embargo, sigue siendo discurso. Keiko tiene pasivos políticos de magnitud, ¿pero cabe negarle su derecho a la peruanidad? Sintomático el caso del derrotado PPK, un gringo con pasaporte al día, que contribuye al partido republicano de Palin. ¿La única forma de apropiárselo que encontró la cholada adicta? Agarrarle los testículos.
martes, 5 de abril de 2011
Consumo luego soy
El consumo es una categoría económica cada vez más compleja cuando aparece la ética.
Me detengo frente a la sección cerveza de mi supermercado local. Unos novedosos Six-pack llaman mi atención. Dice ser la marca más antigua de Guatemala y entran automáticamente en conflicto mi curiosidad por la nueva cerveza (+ su precio atractivo) y un rechazo a la denominación de origen.
Acabo de leer un artículo sobre el asesinato político en este país de Centroamérica, donde la guerra sucia fue un verdadero genocidio y la impunidad el pan de cada día. Los aparatos de seguridad se privatizaron y hoy se dedican al secuestro, la extorsión, el asesinato por encargo y el narcotráfico. Veo una alta posibilidad de que el dueño de la marca esta esté vinculado a estos negocios, al menos indirectamente como miembro de una élite responsable de la muerte de un cuarto de millón de personas.
¿Qué es más racional, la curiosidad, el precio o el rechazo ético al fabricante?
Gana la curiosidad y, seis latas más tarde, he decidido no volver a comprar esta cerveza guatemalteca.
El supermercado donde suelo comprar pertenecía hasta hace poco a un grupo nacional de empresarios nacionales ultraconservadores. Hoy a una multinacional gringa que en algún momento vetó el ron cubano y, en su país, vende munición capaz de caer en manos de cualquiera, y matar a cualquiera. De todos los productos que pueblan las góndolas, ¿cuántos están genuinamente haciendo algo con sus desechos, cuántos cumplen 100% con la legislación laboral? ¿A quién pertenece mi AFP? ¿A qué grupo económico le debo plata? Una de las cosas que más me carga de la izquierda es su aversión a desconocerle al consumo categoría de proceso social. Es más, creo que cada día que pasa es más un proceso político.
Lo curioso es que la ética entró en la economía con la religión. Aparte del padre de las Casas, que peleó por los derechos laborales de los naturales de América, en el mundo protestante la revolución industrial no fue indiferente. Los metodistas desarrollaron una ideología de la responsabilidad social empresarial en el siglo XVIII.
Si la praxis de Alberto Hurtado se fundó en las relaciones de producción, en EEUU el protestantismo de izquierda uso el boicot económico para avanzar en su agenda. El arma política de Martin Luther King incluía amenazar a las empresas del área urbana de Chicago si no ofrecían condiciones de trabajo aceptables a los afroamericanos. Ya muchos fondos de inversión de los credos luterano y metodista tenían inversiones grandes en blue chips de Wall Street, y en los 60 empezaron a vender posiciones en la industria de la defensa. Hoy el mercado financiero de la ética es rico y diverso. Fondos de inversión católicos no invierten en empresas que fabrican drogas abortivas. Fondos socialdemócratas, en armas y menoscabo del medio ambiente. ¿Qué clase de inversionista es usted?
La iglesia católica estará débil estos días, pero cuatro órdenes católicas estadounidenses, accionistas del banco de inversiones Goldman Sachs, hicieron algo notable pidieron públicamente una revisión de las políticas de remuneración de la alta dirección de la empresa, que permitieron el año pasado a cinco individuos repartirse US$ 70 millones en plena crisis económica.
Usted puede revisar su lista de supermercado y evaluar qué marcas le parecen aceptables. Saber si su AFP invierte en transgénicos, tabaco y juegos de azar, en empresas que emplean trabajo infantil o arrasan la selva húmeda, le será un poco más difícil.
Me detengo frente a la sección cerveza de mi supermercado local. Unos novedosos Six-pack llaman mi atención. Dice ser la marca más antigua de Guatemala y entran automáticamente en conflicto mi curiosidad por la nueva cerveza (+ su precio atractivo) y un rechazo a la denominación de origen.
Acabo de leer un artículo sobre el asesinato político en este país de Centroamérica, donde la guerra sucia fue un verdadero genocidio y la impunidad el pan de cada día. Los aparatos de seguridad se privatizaron y hoy se dedican al secuestro, la extorsión, el asesinato por encargo y el narcotráfico. Veo una alta posibilidad de que el dueño de la marca esta esté vinculado a estos negocios, al menos indirectamente como miembro de una élite responsable de la muerte de un cuarto de millón de personas.
¿Qué es más racional, la curiosidad, el precio o el rechazo ético al fabricante?
Gana la curiosidad y, seis latas más tarde, he decidido no volver a comprar esta cerveza guatemalteca.
El supermercado donde suelo comprar pertenecía hasta hace poco a un grupo nacional de empresarios nacionales ultraconservadores. Hoy a una multinacional gringa que en algún momento vetó el ron cubano y, en su país, vende munición capaz de caer en manos de cualquiera, y matar a cualquiera. De todos los productos que pueblan las góndolas, ¿cuántos están genuinamente haciendo algo con sus desechos, cuántos cumplen 100% con la legislación laboral? ¿A quién pertenece mi AFP? ¿A qué grupo económico le debo plata? Una de las cosas que más me carga de la izquierda es su aversión a desconocerle al consumo categoría de proceso social. Es más, creo que cada día que pasa es más un proceso político.
Lo curioso es que la ética entró en la economía con la religión. Aparte del padre de las Casas, que peleó por los derechos laborales de los naturales de América, en el mundo protestante la revolución industrial no fue indiferente. Los metodistas desarrollaron una ideología de la responsabilidad social empresarial en el siglo XVIII.
Si la praxis de Alberto Hurtado se fundó en las relaciones de producción, en EEUU el protestantismo de izquierda uso el boicot económico para avanzar en su agenda. El arma política de Martin Luther King incluía amenazar a las empresas del área urbana de Chicago si no ofrecían condiciones de trabajo aceptables a los afroamericanos. Ya muchos fondos de inversión de los credos luterano y metodista tenían inversiones grandes en blue chips de Wall Street, y en los 60 empezaron a vender posiciones en la industria de la defensa. Hoy el mercado financiero de la ética es rico y diverso. Fondos de inversión católicos no invierten en empresas que fabrican drogas abortivas. Fondos socialdemócratas, en armas y menoscabo del medio ambiente. ¿Qué clase de inversionista es usted?
La iglesia católica estará débil estos días, pero cuatro órdenes católicas estadounidenses, accionistas del banco de inversiones Goldman Sachs, hicieron algo notable pidieron públicamente una revisión de las políticas de remuneración de la alta dirección de la empresa, que permitieron el año pasado a cinco individuos repartirse US$ 70 millones en plena crisis económica.
Usted puede revisar su lista de supermercado y evaluar qué marcas le parecen aceptables. Saber si su AFP invierte en transgénicos, tabaco y juegos de azar, en empresas que emplean trabajo infantil o arrasan la selva húmeda, le será un poco más difícil.
jueves, 31 de marzo de 2011
Alicia en el País
Lewis Carol hubiera sido un gran economista: en su universo literario las matemáticas dan para todo, los puntos cardinales se confunden y subir puede ser equivalente a bajar. Es lo que ocurre con la bonanza que experimentan los países latinoamericanos. Muchos en este lado del mundo (incluyendo a nuestro presidente-empresario y su prensa adicta) viven en la creencia de que lo peor ya pasó y que nos espera otra era dorada del capitalismo financiero. Y no solo ellos: más de un antiimperialista reciclado celebra hoy los flujos Sur-Sur. China es el principal proveedor y acreedor de la antigua potencia imperial, y el comité central de un partido nominalmente comunista tiene hoy el poder para comprar todo el cobre y toda la soja del planeta. Pero, tal como Alicia, de un momento a otro las cosas pueden cambiar de tamaño, o adquirir formas decididamente extravagantes con solo beber la pócima equivocada.
Hagamos un poco de historia. En un tiempo remoto el valor de las cosas se expresaba en oro o en plata, y como estos metales eran riesgosos y difíciles de transportar, se emitían monedas y billetes equivalentes. Comprar y vender era (y sigue siendo) un acto de fe. El gran depositario del oro mundial era Gran Bretaña, la gran potencia colonial, y su moneda la reserva de riqueza del planeta. Pero vino la Primera Guerra Mundial, el fascismo, la Segunda Guerra Mundial y el colapso del sistema capitalista. Sobre montañas de muertos y ciudades arrasadas, las grandes potencias diseñaron un nuevo sistema de basado en el dólar, la nueva moneda hegemónica, que a partir de entonces retuvo la convertibilidad en el dorado y escaso metal. Pero se vio forzada a gastar sumas crecientes para mantener el equilibrio militar de la guerra fría y sufragar gastos sociales para que, en su interior, no estallara una nueva guerra civil. En 1971, Richard Nixon sacó las cuentas, desahució la convertibilidad dólar-oro y, a partir de entonces, el dólar fue simplemente el dólar, expresión omnipresente de la capacidad estadounidense de comprar activos y mercaderías, sobornar políticos y derrocar gobiernos en todo el orbe. Era viable mientras Detroit y Hollywood abastecieran al mundo de autos, maquinaria pesada, remedios y películas. Pero los trabajadores sindicalizados no estaban dispuestos a trabajar barato, la negociación colectiva y la libertad de expresión resultaron un pésimo negocio, y entonces apareció Ronald Reagan con una enorme sonrisa de actorzuelo barato y vendedor de ilusiones. Elegido y reelegido por amplia mayoría, sus gurús hicieron una doble operación a favor de las grandes fortunas de Wall Street: desmantelaron el aparato industrial y se lo llevaron al tercer mundo (para producir a menor costo). No contentos con esto, liberalizaron el sistema financiero, transformándolo en un casino donde todos (el jeque árabe, el dictador sudamericano y el fondo de pensiones japonés) querían apostar. Desde la Roma imperial no se había vivido un espejismo de prosperidad tan hermoso y desvinculado de las leyes de la física: vivir sin producir, consumir sin pagar. Una inmensa economía rentista capaz de emitir deuda externa en su propia moneda, en base a la credibilidad de un simple trozo de papel con una pirámide, un ojo masónico y una declaración de confianza en Dios.
Hoy los ingresos de Facebook, Google, Apple, Microsoft y Twitter sirven para enriquecer al infinito a sus brillantes creadores, pero no para alimentar a 300 millones de estadounidenses. Se visten con zapatillas y ropa hecha en China, disfrutan de la nueva economía en aparatos fabricados en Hangzhou o en Chengdu, y todo ese dinero ganado con el sudor de la frente del chicano, del White trash y (también) del yuppie, se va al otro lado del mundo para devolverse en la forma de deuda pública estadounidense: los sueldos de los funcionarios, los subsidios para los pobres y el material bélico de última generación para que los muchachos sigan cazando talibanes en Afganistán.
Lo dijo Krugman hace pocoen el New York Times: “ellos nos venden productos envenados y nosotros les pagamos con papeles sin valor”.
Esta es la madre de todos los desequilibrios, la gran falla tectónico-monetaria del mundo. Es la soterrada guerra entre un dólar exhausto y un yuan que espera, con la infinita paciencia de Confucio, para dar la estocada final. Los liberales de Washington despotrican contra el tramposo manejo cambiario de sus socios comerciales de piel amarilla y modales bruscos, pero entierran sus convicciones cuando estos intentan comprar alguna gran empresa estadounidense de petróleo o alta tecnología. Como ya no tienen dinero para defenderse, lo imprimen y lo regalan a tasas de interés cero.
Pero la desvalorización del dólar es un problema mayúsculo, por la simple razón de que no hay nada que lo sustituya: el euro podría colapsar el año que viene (24 países sin otro liderazgo que la odiosa Angela Merkel), el terremoteado yen también envejece y el joven yuan no está apurado en tomar el liderazgo hasta que los demás se rindan. Fondos de pensión, aseguradoras y países enteros (además de los especuladores) se han quedado sin otra alternativa de inversión que las materias primas de la generosa Pachamama, alimento de las generaciones futuras. Este es el otro hijo putativo del dólar débil, que se pasea por las calles de Sao Paulo, Santiago, Lima y Bogotá en forma de turismo, consumo suntuario y proyectos inmobiliarios. Futuros de soja, cacao y cobre, precios exorbitantes por el trigo y el maíz. Un hermoso IMACEC en Chile, un Bovespa que no para, populismo subsidiario en Buenos Aires.
La pregunta es cuánto durará.
Tal vez hasta que una revolución consumista y ciudadana derroque a los jerarcas comunistas chinos, o la derecha cristiana llegue al poder el Washington y declare su derecho inalienable a las armas de destrucción masiva, la inconvertibilidad del dólar y la caducidad de la deuda exerna. O puede que la respuesta sea lo que la Reina Blanca le dice a Alicia, arrastrándola a altas velocidades por el País de las Maravillas: “Tienes que correr el doble para estar en el mismo lugar”.
Hagamos un poco de historia. En un tiempo remoto el valor de las cosas se expresaba en oro o en plata, y como estos metales eran riesgosos y difíciles de transportar, se emitían monedas y billetes equivalentes. Comprar y vender era (y sigue siendo) un acto de fe. El gran depositario del oro mundial era Gran Bretaña, la gran potencia colonial, y su moneda la reserva de riqueza del planeta. Pero vino la Primera Guerra Mundial, el fascismo, la Segunda Guerra Mundial y el colapso del sistema capitalista. Sobre montañas de muertos y ciudades arrasadas, las grandes potencias diseñaron un nuevo sistema de basado en el dólar, la nueva moneda hegemónica, que a partir de entonces retuvo la convertibilidad en el dorado y escaso metal. Pero se vio forzada a gastar sumas crecientes para mantener el equilibrio militar de la guerra fría y sufragar gastos sociales para que, en su interior, no estallara una nueva guerra civil. En 1971, Richard Nixon sacó las cuentas, desahució la convertibilidad dólar-oro y, a partir de entonces, el dólar fue simplemente el dólar, expresión omnipresente de la capacidad estadounidense de comprar activos y mercaderías, sobornar políticos y derrocar gobiernos en todo el orbe. Era viable mientras Detroit y Hollywood abastecieran al mundo de autos, maquinaria pesada, remedios y películas. Pero los trabajadores sindicalizados no estaban dispuestos a trabajar barato, la negociación colectiva y la libertad de expresión resultaron un pésimo negocio, y entonces apareció Ronald Reagan con una enorme sonrisa de actorzuelo barato y vendedor de ilusiones. Elegido y reelegido por amplia mayoría, sus gurús hicieron una doble operación a favor de las grandes fortunas de Wall Street: desmantelaron el aparato industrial y se lo llevaron al tercer mundo (para producir a menor costo). No contentos con esto, liberalizaron el sistema financiero, transformándolo en un casino donde todos (el jeque árabe, el dictador sudamericano y el fondo de pensiones japonés) querían apostar. Desde la Roma imperial no se había vivido un espejismo de prosperidad tan hermoso y desvinculado de las leyes de la física: vivir sin producir, consumir sin pagar. Una inmensa economía rentista capaz de emitir deuda externa en su propia moneda, en base a la credibilidad de un simple trozo de papel con una pirámide, un ojo masónico y una declaración de confianza en Dios.
Hoy los ingresos de Facebook, Google, Apple, Microsoft y Twitter sirven para enriquecer al infinito a sus brillantes creadores, pero no para alimentar a 300 millones de estadounidenses. Se visten con zapatillas y ropa hecha en China, disfrutan de la nueva economía en aparatos fabricados en Hangzhou o en Chengdu, y todo ese dinero ganado con el sudor de la frente del chicano, del White trash y (también) del yuppie, se va al otro lado del mundo para devolverse en la forma de deuda pública estadounidense: los sueldos de los funcionarios, los subsidios para los pobres y el material bélico de última generación para que los muchachos sigan cazando talibanes en Afganistán.
Lo dijo Krugman hace pocoen el New York Times: “ellos nos venden productos envenados y nosotros les pagamos con papeles sin valor”.
Esta es la madre de todos los desequilibrios, la gran falla tectónico-monetaria del mundo. Es la soterrada guerra entre un dólar exhausto y un yuan que espera, con la infinita paciencia de Confucio, para dar la estocada final. Los liberales de Washington despotrican contra el tramposo manejo cambiario de sus socios comerciales de piel amarilla y modales bruscos, pero entierran sus convicciones cuando estos intentan comprar alguna gran empresa estadounidense de petróleo o alta tecnología. Como ya no tienen dinero para defenderse, lo imprimen y lo regalan a tasas de interés cero.
Pero la desvalorización del dólar es un problema mayúsculo, por la simple razón de que no hay nada que lo sustituya: el euro podría colapsar el año que viene (24 países sin otro liderazgo que la odiosa Angela Merkel), el terremoteado yen también envejece y el joven yuan no está apurado en tomar el liderazgo hasta que los demás se rindan. Fondos de pensión, aseguradoras y países enteros (además de los especuladores) se han quedado sin otra alternativa de inversión que las materias primas de la generosa Pachamama, alimento de las generaciones futuras. Este es el otro hijo putativo del dólar débil, que se pasea por las calles de Sao Paulo, Santiago, Lima y Bogotá en forma de turismo, consumo suntuario y proyectos inmobiliarios. Futuros de soja, cacao y cobre, precios exorbitantes por el trigo y el maíz. Un hermoso IMACEC en Chile, un Bovespa que no para, populismo subsidiario en Buenos Aires.
La pregunta es cuánto durará.
Tal vez hasta que una revolución consumista y ciudadana derroque a los jerarcas comunistas chinos, o la derecha cristiana llegue al poder el Washington y declare su derecho inalienable a las armas de destrucción masiva, la inconvertibilidad del dólar y la caducidad de la deuda exerna. O puede que la respuesta sea lo que la Reina Blanca le dice a Alicia, arrastrándola a altas velocidades por el País de las Maravillas: “Tienes que correr el doble para estar en el mismo lugar”.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Al Rico Carbón
Tiene razón Hidroaysen. Tienen razón el ministro Goldborne y el lobby nuclear. Tienen razón los ambientalistas (y no la tienen). Es linda la energía eólica, pero los molinos son maquinas moledoras de carne de aves migratorias. Y para alimentar la mitad del consumo chileno con energía solar tendríamos que tapar el desierto y secano costero con paneles: ¿Sabe usted dónde meter al tamarugo, la vizcacha, el zorrito culpeo?
Tiene razón también el periodista y escritor Mauricio Hasbún al señalar que los debates energéticos de esta parte del mundo les falta perspectiva. Hace poco me ha hecho llegar un artículo, publicado en diciembre de 2010 por The Atlantic, la revista liberal bostoniana por excelencia, cuyo titulo habla por si solo: Dirty Coal, Clean Future.
Sin negar la ciencia del cambio climático (ni su incertidumbre inherente), James Fallows, el autor, va en contra del consenso de los correctos, según el cual la únicas alternativas para evitar la catástrofe son bajar el consumo de energía y reruralizar la vida (¿candidatos para volver al horno de barro?), o apostar todas las fichas a las energías renovables no convencionales. Y el argumento es uno solo: hay tanto carbón en el mundo y es tan barato como fuente de energía por la simple razón de que sus externalidades negativas no están incorporadas como costos operacionales. Para que esto ocurra y se cobre un impuesto por emitir CO2, las 294 naciones soberanas del mundo deben alcanzar un consenso político que, si de algo sirvieron las conferencias de Copenhague y Cancún, fue para demostrar su imposibilidad práctica. En otras palabras, para el articulista lo único que vale hoy es usar el carbón de manera inteligente. Y la respuesta para está en la colaboración científica entre China y EE.UU.
Además de ser los dos mayores emisores de CO2 del planeta, son economías especulares: una consume y diseña los productos que la otra produce, el déficit de cuenta corriente de una es el superávit de la otra, y así… Pero lo que el artículo pone en evidencia es que una crece a una velocidad infinitamente superior que la otra, y con ello su demanda por energía. En los próximos 50 años unos 350 millones de chinos vivirán en ciudades y sectores urbanos que hoy no existen, lo que obligará al Reino Medio a crear un sistema energético equivalente al que hoy tiene EEUU. Y si algo caracteriza la tecnocracia de partido único de China es su frío realismo. Tienen enormes reservas de carbón y lo van a usar. Hasta aquí llega el estereotipo: los mayores avances en tecnologías de captura y almacenamiento de CO2 se están haciendo en China… con ayuda estadounidense. Lea el articulo y verá que la cosa va en serio.
Las dos grandes naciones están asentadas sobre verdaderos océanos de carbón, formados hace millones de años por la descomposición de materia orgánica vegetal. Y la ecuación es simple: sacamos el carbón del suelo (proceso particularmente sucio, erosivo, invasivo y mortalmente peligroso para los mineros), lo quemamos en centrales eléctricas que alimentan el aparato económico del que usted o yo somos cómplices al recargar nuestras baterías, viendo El Discurso del Rey DVD tras calentarnos una sachet de popcorn en el microondas.
Según el bioquímica británico Nick Lane, autor de Life Ascending, uno de los grandes libros científicos de 2010, cada átomo de carbono es la antitesis de una molécula de oxigeno en el aire: por cada átomo de carbono que sacamos del suelo y quemamos como combustible fósil, una molécula de oxigeno desaparece. Pero afortunadamente no nos quedaremos sin oxigeno por la simple razón de que todavía hay suficiente materia vegetal en el planeta que lo sigue generando continuamente a través de la fotosíntesis. Oxigeno que los seres vivos consumimos para respirar, que las vacas queman en sus estómagos y transforman en lácteos y pedos ricos en metano. Nuestro metabolismo mamífero no funciona con energía solar como el de los lagartos, sino con oxigeno y CO2.
Dentro de poco seremos 8 mil millones de quemadores andantes de CO2. Y para que usted se deleite con algún video viral en Youtube los servidores de este proveedor de contenido seguirán consumiendo cantidades monstruosas (y crecientes) de energía para refrigerarse. ¿La idea no es la digitalización, salvar a los bosques y ayudar a las Pymes?
Hay laboratorios que hoy se desvelan por encontrar la piedra filosofal del hidrógeno, una fuente prácticamente infinita de energía, que terminaría de raíz con el problema en discusión. Pero cuando eso ocurra habrá pasado su tiempo. No parece haber un apuro excesivo de los ciudadanos por exigir un impuesto al CO2: más preocupan el futbol, la delincuencia y el microtráfico en La Legua. Y mientras tanto la relación de costos entre las energías alternativas v/s la termoelectricidad a carbón es tal que no valdría la pena hacerse ninguna ilusión acerca de ciudades alimentadas por paneles solares o molinos eólicos. ¿O no, Mauricio?
Tiene razón también el periodista y escritor Mauricio Hasbún al señalar que los debates energéticos de esta parte del mundo les falta perspectiva. Hace poco me ha hecho llegar un artículo, publicado en diciembre de 2010 por The Atlantic, la revista liberal bostoniana por excelencia, cuyo titulo habla por si solo: Dirty Coal, Clean Future.
Sin negar la ciencia del cambio climático (ni su incertidumbre inherente), James Fallows, el autor, va en contra del consenso de los correctos, según el cual la únicas alternativas para evitar la catástrofe son bajar el consumo de energía y reruralizar la vida (¿candidatos para volver al horno de barro?), o apostar todas las fichas a las energías renovables no convencionales. Y el argumento es uno solo: hay tanto carbón en el mundo y es tan barato como fuente de energía por la simple razón de que sus externalidades negativas no están incorporadas como costos operacionales. Para que esto ocurra y se cobre un impuesto por emitir CO2, las 294 naciones soberanas del mundo deben alcanzar un consenso político que, si de algo sirvieron las conferencias de Copenhague y Cancún, fue para demostrar su imposibilidad práctica. En otras palabras, para el articulista lo único que vale hoy es usar el carbón de manera inteligente. Y la respuesta para está en la colaboración científica entre China y EE.UU.
Además de ser los dos mayores emisores de CO2 del planeta, son economías especulares: una consume y diseña los productos que la otra produce, el déficit de cuenta corriente de una es el superávit de la otra, y así… Pero lo que el artículo pone en evidencia es que una crece a una velocidad infinitamente superior que la otra, y con ello su demanda por energía. En los próximos 50 años unos 350 millones de chinos vivirán en ciudades y sectores urbanos que hoy no existen, lo que obligará al Reino Medio a crear un sistema energético equivalente al que hoy tiene EEUU. Y si algo caracteriza la tecnocracia de partido único de China es su frío realismo. Tienen enormes reservas de carbón y lo van a usar. Hasta aquí llega el estereotipo: los mayores avances en tecnologías de captura y almacenamiento de CO2 se están haciendo en China… con ayuda estadounidense. Lea el articulo y verá que la cosa va en serio.
Las dos grandes naciones están asentadas sobre verdaderos océanos de carbón, formados hace millones de años por la descomposición de materia orgánica vegetal. Y la ecuación es simple: sacamos el carbón del suelo (proceso particularmente sucio, erosivo, invasivo y mortalmente peligroso para los mineros), lo quemamos en centrales eléctricas que alimentan el aparato económico del que usted o yo somos cómplices al recargar nuestras baterías, viendo El Discurso del Rey DVD tras calentarnos una sachet de popcorn en el microondas.
Según el bioquímica británico Nick Lane, autor de Life Ascending, uno de los grandes libros científicos de 2010, cada átomo de carbono es la antitesis de una molécula de oxigeno en el aire: por cada átomo de carbono que sacamos del suelo y quemamos como combustible fósil, una molécula de oxigeno desaparece. Pero afortunadamente no nos quedaremos sin oxigeno por la simple razón de que todavía hay suficiente materia vegetal en el planeta que lo sigue generando continuamente a través de la fotosíntesis. Oxigeno que los seres vivos consumimos para respirar, que las vacas queman en sus estómagos y transforman en lácteos y pedos ricos en metano. Nuestro metabolismo mamífero no funciona con energía solar como el de los lagartos, sino con oxigeno y CO2.
Dentro de poco seremos 8 mil millones de quemadores andantes de CO2. Y para que usted se deleite con algún video viral en Youtube los servidores de este proveedor de contenido seguirán consumiendo cantidades monstruosas (y crecientes) de energía para refrigerarse. ¿La idea no es la digitalización, salvar a los bosques y ayudar a las Pymes?
Hay laboratorios que hoy se desvelan por encontrar la piedra filosofal del hidrógeno, una fuente prácticamente infinita de energía, que terminaría de raíz con el problema en discusión. Pero cuando eso ocurra habrá pasado su tiempo. No parece haber un apuro excesivo de los ciudadanos por exigir un impuesto al CO2: más preocupan el futbol, la delincuencia y el microtráfico en La Legua. Y mientras tanto la relación de costos entre las energías alternativas v/s la termoelectricidad a carbón es tal que no valdría la pena hacerse ninguna ilusión acerca de ciudades alimentadas por paneles solares o molinos eólicos. ¿O no, Mauricio?
sábado, 26 de marzo de 2011
La Economia del MegaConcierto Ultra Super Cool
¿Por qué las personas pagan grandes sumas de dinero por asistir a megaconciertos? Desde un punto de vista puramente económico (dejando de lado sociología, Adorno, Debord, Escuela de Francfort y situacionismo, etc.) puede resultar enigmática la predisposición a pasar largas horas de pie, expuesto a la mínima visibilidad que ofrece una entrada de cancha. O sumas que equivalen a uno o dos salarios mínimos por las ubicaciones de privilegio.
En cierta forma, el megaconcierto es un bien posicional, según el concepto acuñado por el economista Fred Hirsch en 1976. Confiere status estar allí, ya sea en la incomodidad de la cancha o en el golden circle de U2: Bono en primer plano del iPhone. O una figura mítica, entrevista a la distancia, entre los cuerpos y los brazos erguidos que luchan por capturarla en la cámara del celular.
A diferencia de otros bienes, la demanda por un bien posicional aumenta con el precio. Buenas noticias para el que lo ofrece. El dueño de la franquicia obtiene una renta económica de un valor presente infinito. Por esto la megaescenografía, la logística colosal, el gigantismo propio de las religiones monoteístas. Por eso la necesidad de algunas estrellas del firmamento pop-rock-suave-con-contenido de involucrarse en acciones caritativas.
Para que el bien posicional sea aun más posicional, los encargados de la gestión invitan a famosos locales para que disfruten de las entradas de privilegio. Se forma así una suerte de corte tal y como la de los Borbones franceses, a quienes el populacho podía ver comer y cenar en sus hermosos jardines.
Pero no hay que ser pesado solo con el arena rock… En cierta forma todos los productos culturales de éxito son bienes posicionales. El Best Seller se lee mientras mas paginas tiene; los lectores pagan más por la primera edición, la más cara, la de tapa dura. A medida en que se pierde la novedad y se pasa al bolsillo y la demanda cae. Según esta interpretación, los chilenos no leen poco porque los libros sean caros. Leen poco porque no le confieren estatus posicional al libro.
En cierta forma, el megaconcierto es un bien posicional, según el concepto acuñado por el economista Fred Hirsch en 1976. Confiere status estar allí, ya sea en la incomodidad de la cancha o en el golden circle de U2: Bono en primer plano del iPhone. O una figura mítica, entrevista a la distancia, entre los cuerpos y los brazos erguidos que luchan por capturarla en la cámara del celular.
A diferencia de otros bienes, la demanda por un bien posicional aumenta con el precio. Buenas noticias para el que lo ofrece. El dueño de la franquicia obtiene una renta económica de un valor presente infinito. Por esto la megaescenografía, la logística colosal, el gigantismo propio de las religiones monoteístas. Por eso la necesidad de algunas estrellas del firmamento pop-rock-suave-con-contenido de involucrarse en acciones caritativas.
Para que el bien posicional sea aun más posicional, los encargados de la gestión invitan a famosos locales para que disfruten de las entradas de privilegio. Se forma así una suerte de corte tal y como la de los Borbones franceses, a quienes el populacho podía ver comer y cenar en sus hermosos jardines.
Pero no hay que ser pesado solo con el arena rock… En cierta forma todos los productos culturales de éxito son bienes posicionales. El Best Seller se lee mientras mas paginas tiene; los lectores pagan más por la primera edición, la más cara, la de tapa dura. A medida en que se pierde la novedad y se pasa al bolsillo y la demanda cae. Según esta interpretación, los chilenos no leen poco porque los libros sean caros. Leen poco porque no le confieren estatus posicional al libro.
jueves, 17 de marzo de 2011
Origami para Japon
Es difícil pensar en una acción más estéril que enviar donaciones a Japón. El Estado, las compañías y los fondos de pensión japoneses tienen US$ 300 mil millones en bonos del tesoro estadounidense, US$ 30.000 millones en títulos de deuda pública brasileña y un largo etcétera de activos financieros en las principales plazas bursátiles del mundo.
Cada jubilado japonés, ese hombre de 65 años que fue rescatado flotando sobre el techo de su casa, a 15 km. de la costa, esas ancianitas refugiadas en un gimnasio, ateridas en torno a una estufa Toitomi mientras la nieve cae sobre Sendai, están sentadas sobre montañas de dinero. Lo que necesitan es afecto. Un afecto que el Estado japonés no está en condiciones de entregarles. De hecho, el Estado japonés es hoy tan impotente en distribuir dinero como Haití, un país total y absolutamente carente en recursos, infraestructura y capital, hace poco más de un año.
¿Qué podrán de tener en común el tercer país más rico del mundo con el más pobre del hemisferio occidental? ¿Qué tienen en común con Chile, nación de ingreso medio, inserta en la economía mundial, que ante una catástrofe semejante se quedó sin telefonía, sin sistemas públicos capaces de socorrer (no ya de informar oportunamente) a su población? ¿Qué tienen en común con el Estado federal estadounidense, capaz de enviar tropas a cualquier parte del mundo, pero totalmente impotente frente al huracán que pulverizó la ciudad de Nueva Orleans?
Los libertarios de derecha e izquierda deben estar haciéndose su agosto: los estados pobres y ricos, en el momento crítico, arrugan. Y vale la pregunta preguntarse por qué.
¿Es el reflejo automáticamente cauteloso del burócrata, incapaz de tomar riesgos? ¿El desfase entre los legalismos decimonónicos del Estado y la velocidad que le han imprimido a la percepción individual y colectiva las redes celulares e Internet? El ejército japonés se ha desplegado con eficiencia en las zonas afectadas, los periodistas han llegado con sus cámaras, ¿pero dónde están los sociólogos, los asistentes sociales, los sicólogos de los sistemas públicos? En cualquier parte, el Estado es un sistema impersonal y jerárquico; lo administran sujetos esclavizados por las expectativas racionales, que toman decisiones en función de lecturas de corto plazo, electorales y financiero-presupuestarias. Disponer de sistemas de apoyo emocional y afectivo a la población siniestrada no forma parte de su ADN. Que cada cual se las rasque con sus propias uñas, que los propios ciudadanos compartan el combustible y los alimentos y se den apoyo, o se roben y desconfíen unos a otros como ocurrió en Chile el último fin de semana de febrero de 2010. Porque allí donde el Estado ha desaparecido se pueden dar estos dos escenarios: la ausencia total de vínculos intersubjetivos, o su presencia majestuosa, la ley de la selva o la autogestión, la depredación o la solidaridad. Ambas ponen en entredicho al Estado mismo.
Si me apuran, diría que el Estado va a sufrir en los próximos años su mayor test de resistencia desde la Segunda Guerra Mundial. Frente a la crisis financiera, los países ricos corrieron a socorrer a los bancos y hoy le pasan la cuenta al ciudadano. Ahora recortan beneficios, sueldos y puestos de trabajo, sin tocar los beneficios de los grandes banqueros (ni los presupuestos de defensa). El costo de legitimidad está por verse: populismos y extremismos ya incubados. Si creemos a ciertos científicos que las mareas subirán, que algunos sistemas urbanos son inviables, que los sistemas previsionales colapsarán con tanto anciano, cabe preguntarse qué futuro le espera al Estado. Qué planes tiene frente a una gran tormenta solar, un meteorito lo suficientemente grande como para borrar un continente o un nuevo terremoto en San Francisco.
Pero volviendo a la tragedia japonesa. Insisto en que esos ancianos que han perdido todo, que pasaron hambre durante la Segunda Guerra Mundial y creyeron durante más de medio siglo que su Estado los protegería a todo evento, no necesitan donaciones en dinero, frazadas o alimentos. Necesitan el afecto que no les da el Estado. Necesitan, como pide mi amiga María José Ferrada, que les enviemos grullas de origami, flores, ikebana, dibujos, cosas hechas con nuestras manos, objetos que recogen nuestras percepciones frente al misterio, lo que no cabe en palabras, lo que la política y el Estado abandonaron hace rato.
Cada jubilado japonés, ese hombre de 65 años que fue rescatado flotando sobre el techo de su casa, a 15 km. de la costa, esas ancianitas refugiadas en un gimnasio, ateridas en torno a una estufa Toitomi mientras la nieve cae sobre Sendai, están sentadas sobre montañas de dinero. Lo que necesitan es afecto. Un afecto que el Estado japonés no está en condiciones de entregarles. De hecho, el Estado japonés es hoy tan impotente en distribuir dinero como Haití, un país total y absolutamente carente en recursos, infraestructura y capital, hace poco más de un año.
¿Qué podrán de tener en común el tercer país más rico del mundo con el más pobre del hemisferio occidental? ¿Qué tienen en común con Chile, nación de ingreso medio, inserta en la economía mundial, que ante una catástrofe semejante se quedó sin telefonía, sin sistemas públicos capaces de socorrer (no ya de informar oportunamente) a su población? ¿Qué tienen en común con el Estado federal estadounidense, capaz de enviar tropas a cualquier parte del mundo, pero totalmente impotente frente al huracán que pulverizó la ciudad de Nueva Orleans?
Los libertarios de derecha e izquierda deben estar haciéndose su agosto: los estados pobres y ricos, en el momento crítico, arrugan. Y vale la pregunta preguntarse por qué.
¿Es el reflejo automáticamente cauteloso del burócrata, incapaz de tomar riesgos? ¿El desfase entre los legalismos decimonónicos del Estado y la velocidad que le han imprimido a la percepción individual y colectiva las redes celulares e Internet? El ejército japonés se ha desplegado con eficiencia en las zonas afectadas, los periodistas han llegado con sus cámaras, ¿pero dónde están los sociólogos, los asistentes sociales, los sicólogos de los sistemas públicos? En cualquier parte, el Estado es un sistema impersonal y jerárquico; lo administran sujetos esclavizados por las expectativas racionales, que toman decisiones en función de lecturas de corto plazo, electorales y financiero-presupuestarias. Disponer de sistemas de apoyo emocional y afectivo a la población siniestrada no forma parte de su ADN. Que cada cual se las rasque con sus propias uñas, que los propios ciudadanos compartan el combustible y los alimentos y se den apoyo, o se roben y desconfíen unos a otros como ocurrió en Chile el último fin de semana de febrero de 2010. Porque allí donde el Estado ha desaparecido se pueden dar estos dos escenarios: la ausencia total de vínculos intersubjetivos, o su presencia majestuosa, la ley de la selva o la autogestión, la depredación o la solidaridad. Ambas ponen en entredicho al Estado mismo.
Si me apuran, diría que el Estado va a sufrir en los próximos años su mayor test de resistencia desde la Segunda Guerra Mundial. Frente a la crisis financiera, los países ricos corrieron a socorrer a los bancos y hoy le pasan la cuenta al ciudadano. Ahora recortan beneficios, sueldos y puestos de trabajo, sin tocar los beneficios de los grandes banqueros (ni los presupuestos de defensa). El costo de legitimidad está por verse: populismos y extremismos ya incubados. Si creemos a ciertos científicos que las mareas subirán, que algunos sistemas urbanos son inviables, que los sistemas previsionales colapsarán con tanto anciano, cabe preguntarse qué futuro le espera al Estado. Qué planes tiene frente a una gran tormenta solar, un meteorito lo suficientemente grande como para borrar un continente o un nuevo terremoto en San Francisco.
Pero volviendo a la tragedia japonesa. Insisto en que esos ancianos que han perdido todo, que pasaron hambre durante la Segunda Guerra Mundial y creyeron durante más de medio siglo que su Estado los protegería a todo evento, no necesitan donaciones en dinero, frazadas o alimentos. Necesitan el afecto que no les da el Estado. Necesitan, como pide mi amiga María José Ferrada, que les enviemos grullas de origami, flores, ikebana, dibujos, cosas hechas con nuestras manos, objetos que recogen nuestras percepciones frente al misterio, lo que no cabe en palabras, lo que la política y el Estado abandonaron hace rato.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
