jueves, 9 de junio de 2011
La Polar... llegar y refinanciar (Pablo Tromben*)
Una serie de rumores circulan en los medios y en la twitosfera, relacionados con una serie de prácticas de renegociaciones unilaterales de acreencias realizadas por La Polar. Todavía se conocen muy pocos detalles, pero el hecho es que las acciones de la empresa cayeron un espectacular 41,36% .
Lo que sí se sabe es que su gerente general interino comunicó esta mañana, como hecho esencial, que el directorio de la compañía fue informado recientemente (sesiones extraordinarias de fecha 6 y 8 de junio de 2011) respecto de las “políticas y prácticas de la compañía relacionadas con las renegociaciones de deuda de los tenedores de tarjetas”. En la gestión de la cartera de crédito “se habrían efectuado de una forma no autorizada por el Directorio y en disconformidad con los criterios y parámetros establecidos por la compañía (…). Cuento corto: una reestructuración global de la plana administrativa y la adopción de provisiones adicionales. En español puro y simple: van a perder dinero… mucho dinero (unos 200.000 millones).
Sabemos que se trata de un emisor de valores de oferta pública, cuyas acciones se transan en bolsa y que dentro de sus accionistas , entre otros inversionistas “sofisticados”, figuran AFP, Administradoras Generales de Fondos, Compañías de Seguros y Fondos Mutuos.
¿Cómo pudieron estar tan equivocados, tan perdidos? Incluso fondos de pensiones clase E (menos riesgos), estimaron que había poco riesgo en La Polar y que invertir en ella era un buen deal.
¿Falla la regulación y soluciona el mercado?
Por su calidad de emisor de valores, la Polar está sujeta a una serie de obligaciones adicionales para resguardar a los inversionistas que confiaron en ella. Se supone que los mecanismos de fortalecimiento de gobiernos corporativos implementados en los últimos años, tanto por el legislador, como por la SVS, están para algo. Además la empresa daba señales al mercado, en cumplimiento de sus obligaciones de información y publicidad, y a los operadores financieros que canalizan las inversiones del público.
Estaríamos entonces frente a un fenómeno de “asimetrías de la información” y a un problema de la agencia y sus costos en varios niveles: accionistas-administración; accionistas mayoritarios-accionistas minoritarios; y accionistas minoritarios-estamentos no accionarios. Todo mal.
Ni la infinidad de obligaciones de información, de mecanismos de fortalecimiento de gobiernos corporativos, el comité de directores integrado en su mayoría por directores independientes, ni el derecho –obligación ante la SVS después del caso FASA- que les corresponde a los directores de estar informados de todo lo relacionado con la marcha de la empresa, fueron suficientes para evitar la situación que afecta a esta empresa y a los millones de chilenos cuyos fondos de pensiones se invirtieron en ella.
Si fracasan las estrategias normativas para evitar este tipo de situaciones, es el mercado el que deviene en “regulador de última instancia”, castigando directamente a la empresa, mediante la reducción de su valor, e indirectamente a los inversionistas que con culpa o no –producto del riesgo inducido- invirtieron en la Polar.
No es conveniente ni prudente confiar en forma excesiva en el mercado como regulador: a lo largo de la historia ha quedado demostrado que hay muchas oportunidades, bajos instintos y moral hazzards que no lo hacen el más indicado para hacer la pega. Lo recomendable es profundizar las estrategias normativas y de gobierno corporativo. Son las precauciones básicas para este tipo de situaciones que tanto daño producen al sistema en su conjunto.
Finalmente dejamos al lector la cita que Nouriel Roubini y Stephen Mihm hacen en “Cómo salimos de ésta” de John Maynard Keynes quien dice en su libro “A Tract on Monetary Reform” que “los economistas se plantean una tarea demasiado fácil, y demasiado inútil, si en cada tormenta lo único que nos dicen es que cuando pasa el temporal el océano está otra vez tranquilo”
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* Abogado y hermano mayor de Economista Marginal
lunes, 6 de junio de 2011
Mundos Paralelos
¿Existirá un universo paralelo donde el capitalismo no existe? ¿Otro donde el patriarcado nunca fue la forma dominante de sociedad? ¿Un tercero donde vivimos en una teocracia sin Estado? Y si nos remitimos más y más atrás: ¿un universo donde el planeta Tierra no formó una atmósfera capaz de bloquear los rayos ultravioleta y la vida simplemente nunca surgió?
El gran hallazgo ontológico del siglo XX es el principio de la indeterminación. Las partículas atómicas pueden estar en dos lugares al mismo tiempo. Se han fabricado armas atómicas en base a ello. Experimentamos, aquí y ahora, el tiempo como sucesivo, pero si viajáramos a la velocidad de la luz lo veríamos retroceder. Freud hizo algo parecido con la mente y los sueños. Durmiendo vivimos en un lado B donde violamos todos nuestros tabúes racionales.
¿Hubo realmente dos guerras mundiales, el capitalismo y la democracia liberal ganaron la Guerra Fría? La memoria dice que sí. Hay fotos, archivos, documentales, películas… Y sin embargo... En veinte años más se recordará que los árabes hicieron en el siglo XXI lo que los franceses hicieron en el XVIII. Y que latinoamericanos quisieron tener democracias de verdad y se tomaron las calles.
El determinismo histórico nos dice: lo que está pasando es la única posibilidad. Dice esta ideología que el sistema (en toda su complejidad) es un resultado racional. Pero Freud, Einstein y Planck le dirán que usted y yo somos solo posibilidades, y que nuestro cotidiano, dominado por empresas de retail, aseguradoras, oligopolios bancarios y productos transgénicos, es resultado del azar, un output que vivimos o padecemos (elija usted) porque algunos hicieron su trabajo y otros no.
Una de los que lo está haciendo es Annie Leonard, estadounidense, magíster en planificación urbana de Cornell y creadora de la película de animación The Story of Stuff. Leonard es una ambientalista especial y su foco está en el ciclo de los productos que consumimos sin la menor conciencia de donde vienen ni donde van a parar. The Story of Stuff es un éxito viral en internet y un ataque en clave Plaza Sésamo al capitalismo globalizado. Ha analizado también, desde la misma perspectiva, la industria electrónica, los cosméticos, el agua embotellada y el comercio de bonos de carbono.
“Con los años, me obsesioné un poco con todas mis cosas”, dice Leonard. “¿Alguna vez te preguntaste de dónde vienen todas las cosas que compramos y adónde van a parar cuando las tiramos? Yo no podía dejar de preguntármelo. Así que investigué. Lo que dicen los libros de texto es que las cosas simplemente se mueven a través de un sistema: desde la extracción, a la producción, a la distribución, al consumo y a la disposición o desechos. A esta suma de etapas se le llama la ‘economía de los materiales’. Yo indagué un poco más. De hecho, pasé diez años viajando por el mundo para rastrear de dónde provienen nuestras cosas y adónde van. ¿Y sabes lo que descubrí? Que ésta no es toda la historia. Que hay muchos huecos en esta explicación. A primera vista, este sistema parece funcionar bien. Sin ningún problema. Pero la verdad es que es un sistema en crisis. Y la razón por la que está en crisis es que se trata de un sistema lineal y nosotros vivimos en un planeta finito”.
Leonard analiza las externalidades de cada una de las etapas del proceso: el agotamiento de los recursos no renovables, los materiales químicos altamente tóxicos en la fabricación, la enajenación del consumo y la acumulación de materiales no degradables al final de la cadena. Es contundente y didáctica, aunque comete el pecado de no citar sus fuentes.
De esta falencia se cuelga su principal detractor (“su perseguidor”, podríamos decir en términos cortazarianos), un tal Lee Doren, abogado y “coordinador comunicacional” de Competitive Enterprise Institute, un think tank conservador y libertario (como se le llama en EE.UU a los libremercadistas extremos) fundado por Exxon, Ford y Pfeizer, entre otros.
Es interesante contrastar ambas posturas: son, literalmente, universos paralelos acunados en la misma matriz cultural. Si tuviera que hacer sus respectivas genealogías, diría que Leonard es hija de Thoreau, Whitman, William Carlos Williams, Joan Baez y Bob Dylan. En cuanto a Lee Doren… Milton Freidman, Ayn Rand (el quivalente al Guardián en el Centeno de derecha) y… ¿La Biblia James? Juzgue usted mismo.
El gran hallazgo ontológico del siglo XX es el principio de la indeterminación. Las partículas atómicas pueden estar en dos lugares al mismo tiempo. Se han fabricado armas atómicas en base a ello. Experimentamos, aquí y ahora, el tiempo como sucesivo, pero si viajáramos a la velocidad de la luz lo veríamos retroceder. Freud hizo algo parecido con la mente y los sueños. Durmiendo vivimos en un lado B donde violamos todos nuestros tabúes racionales.
¿Hubo realmente dos guerras mundiales, el capitalismo y la democracia liberal ganaron la Guerra Fría? La memoria dice que sí. Hay fotos, archivos, documentales, películas… Y sin embargo... En veinte años más se recordará que los árabes hicieron en el siglo XXI lo que los franceses hicieron en el XVIII. Y que latinoamericanos quisieron tener democracias de verdad y se tomaron las calles.
El determinismo histórico nos dice: lo que está pasando es la única posibilidad. Dice esta ideología que el sistema (en toda su complejidad) es un resultado racional. Pero Freud, Einstein y Planck le dirán que usted y yo somos solo posibilidades, y que nuestro cotidiano, dominado por empresas de retail, aseguradoras, oligopolios bancarios y productos transgénicos, es resultado del azar, un output que vivimos o padecemos (elija usted) porque algunos hicieron su trabajo y otros no.
Una de los que lo está haciendo es Annie Leonard, estadounidense, magíster en planificación urbana de Cornell y creadora de la película de animación The Story of Stuff. Leonard es una ambientalista especial y su foco está en el ciclo de los productos que consumimos sin la menor conciencia de donde vienen ni donde van a parar. The Story of Stuff es un éxito viral en internet y un ataque en clave Plaza Sésamo al capitalismo globalizado. Ha analizado también, desde la misma perspectiva, la industria electrónica, los cosméticos, el agua embotellada y el comercio de bonos de carbono.
“Con los años, me obsesioné un poco con todas mis cosas”, dice Leonard. “¿Alguna vez te preguntaste de dónde vienen todas las cosas que compramos y adónde van a parar cuando las tiramos? Yo no podía dejar de preguntármelo. Así que investigué. Lo que dicen los libros de texto es que las cosas simplemente se mueven a través de un sistema: desde la extracción, a la producción, a la distribución, al consumo y a la disposición o desechos. A esta suma de etapas se le llama la ‘economía de los materiales’. Yo indagué un poco más. De hecho, pasé diez años viajando por el mundo para rastrear de dónde provienen nuestras cosas y adónde van. ¿Y sabes lo que descubrí? Que ésta no es toda la historia. Que hay muchos huecos en esta explicación. A primera vista, este sistema parece funcionar bien. Sin ningún problema. Pero la verdad es que es un sistema en crisis. Y la razón por la que está en crisis es que se trata de un sistema lineal y nosotros vivimos en un planeta finito”.
Leonard analiza las externalidades de cada una de las etapas del proceso: el agotamiento de los recursos no renovables, los materiales químicos altamente tóxicos en la fabricación, la enajenación del consumo y la acumulación de materiales no degradables al final de la cadena. Es contundente y didáctica, aunque comete el pecado de no citar sus fuentes.
De esta falencia se cuelga su principal detractor (“su perseguidor”, podríamos decir en términos cortazarianos), un tal Lee Doren, abogado y “coordinador comunicacional” de Competitive Enterprise Institute, un think tank conservador y libertario (como se le llama en EE.UU a los libremercadistas extremos) fundado por Exxon, Ford y Pfeizer, entre otros.
Es interesante contrastar ambas posturas: son, literalmente, universos paralelos acunados en la misma matriz cultural. Si tuviera que hacer sus respectivas genealogías, diría que Leonard es hija de Thoreau, Whitman, William Carlos Williams, Joan Baez y Bob Dylan. En cuanto a Lee Doren… Milton Freidman, Ayn Rand (el quivalente al Guardián en el Centeno de derecha) y… ¿La Biblia James? Juzgue usted mismo.
viernes, 27 de mayo de 2011
Medios mediocres
Es difícil explicar el estado actual de la prensa y de la TV abierta chilena solo por motivos económicos. En los noventa se gastaron ríos de tinta para explicar porque la prensa estaba concentrada en dos edificios equidistantes de la geografía de la capital. El conservadurismo ideológico de los anunciadores era un factor, se decía. El otro era el cinismo de los ideólogos de la Tercera Vía, convencidos de que la transición se manejaría mejor con medios “serios” de centroderecha que con medios díscolos de centroizquierda. Confirma la hipótesis el hecho de que los promotores de esta política se dedicaron después al lobby, por esencia el negocio comunicacional menos transparente que existe.
Un medio escrito tradicional es una productora de contenidos, con un modelo mixto de avisaje (comercial, clasificados), suscripción y venta en quiosco. Toma años formar una marca y recuperar el capital. The Guardian, New York Times o Le Monde son marcas maduras que enfrentan con holgura el cambio de plataformas y el envejecimiento de los lectores del papel. Incluso El País, el más joven de todos, porque nació subsidiado por el grupo Santillana y los calores de la transición española.
Pero América Latina es un caso distinto. Todos los países pasaron por dictaduras que cerraron medios de izquierda, asesinaron periodistas de esta tendencia y negociaron con los conglomerados de la prensa conservadora-liberal. De hecho, durante la crisis de 1982 el poder militar chileno salvó a El Mercurio y Copesa con préstamos blandos. Las transiciones, por lo tanto, tenían que hacerse con ellos o con ellos. Con Clarín, Estado de Sao Paulo, Folha, El País (de Uruguay) y El Mercurio, cosa que leyeron al pie de la letra los tecnócratas chilenos de 1990. Pudieron haber ejecutado los compromisos bancarios de ElMer en el Banco del Estado, o volcado millones de dólares de publicidad estatal a los medios que los llevaron al poder, creando un polo comunicacional afín. Pero lo consideraron riesgoso. El Mercurio y la papelera había derrocado a Salvador Allende, la ética independiente y purista de una prensa de izquierda hubiera sido un dolor de cabeza. Y El Decano, gustoso, cumplió con su parte del trato: dosificó la ira mainstream contra la delincuencia y el liberalismo moral, repartió con pinzas las columnas de opinión. Acusarlo de ser un medio opositor sería injusto. En cuanto a los progresistas que le salvaron la vida, terminaron ocupando sillones en directorios.
En la última década se ha dado otro fenómeno en toda América Latina que explica por qué los medios tradicionales son el remedo de lo que fueron alguna vez: la nueva clase media. Primeras generaciones con educación y empleo formal, con referentes culturales básicamente futbolísticos y televisivos.
El Boston Consulting Group, uno de los referentes de la estrategia empresarial en el mundo, dividió los productos en cuatro categorías según su participación de y ciclo de mercado que ocupan. Ser el líder de un mercado estancado no es lo mismo que ser segundón en otro que crece. Por esto la lucha económica entre El Mercurio y Copesa no se juega entre sus buques insignia, sino entre La Cuarta y LUN. Tal como entre TVN, 13, Mega y Chilevisión no son las noticias, sino el Show o Reality que viene después. Miles de personas se quejan diariamente en las redes sociales de que el noticiario central dedique minutos enteros a la delincuencia sin contexto o a la miscelánea (el día del completo, los uniformes escolares). El solo hecho de estar viendo estos contenidos valida su pertinencia financiera para el medio. Solo una caída sistemática de audiencia podría augurar cambios, pero como eso no va a pasar...
Un medio escrito tradicional es una productora de contenidos, con un modelo mixto de avisaje (comercial, clasificados), suscripción y venta en quiosco. Toma años formar una marca y recuperar el capital. The Guardian, New York Times o Le Monde son marcas maduras que enfrentan con holgura el cambio de plataformas y el envejecimiento de los lectores del papel. Incluso El País, el más joven de todos, porque nació subsidiado por el grupo Santillana y los calores de la transición española.
Pero América Latina es un caso distinto. Todos los países pasaron por dictaduras que cerraron medios de izquierda, asesinaron periodistas de esta tendencia y negociaron con los conglomerados de la prensa conservadora-liberal. De hecho, durante la crisis de 1982 el poder militar chileno salvó a El Mercurio y Copesa con préstamos blandos. Las transiciones, por lo tanto, tenían que hacerse con ellos o con ellos. Con Clarín, Estado de Sao Paulo, Folha, El País (de Uruguay) y El Mercurio, cosa que leyeron al pie de la letra los tecnócratas chilenos de 1990. Pudieron haber ejecutado los compromisos bancarios de ElMer en el Banco del Estado, o volcado millones de dólares de publicidad estatal a los medios que los llevaron al poder, creando un polo comunicacional afín. Pero lo consideraron riesgoso. El Mercurio y la papelera había derrocado a Salvador Allende, la ética independiente y purista de una prensa de izquierda hubiera sido un dolor de cabeza. Y El Decano, gustoso, cumplió con su parte del trato: dosificó la ira mainstream contra la delincuencia y el liberalismo moral, repartió con pinzas las columnas de opinión. Acusarlo de ser un medio opositor sería injusto. En cuanto a los progresistas que le salvaron la vida, terminaron ocupando sillones en directorios.
En la última década se ha dado otro fenómeno en toda América Latina que explica por qué los medios tradicionales son el remedo de lo que fueron alguna vez: la nueva clase media. Primeras generaciones con educación y empleo formal, con referentes culturales básicamente futbolísticos y televisivos.
El Boston Consulting Group, uno de los referentes de la estrategia empresarial en el mundo, dividió los productos en cuatro categorías según su participación de y ciclo de mercado que ocupan. Ser el líder de un mercado estancado no es lo mismo que ser segundón en otro que crece. Por esto la lucha económica entre El Mercurio y Copesa no se juega entre sus buques insignia, sino entre La Cuarta y LUN. Tal como entre TVN, 13, Mega y Chilevisión no son las noticias, sino el Show o Reality que viene después. Miles de personas se quejan diariamente en las redes sociales de que el noticiario central dedique minutos enteros a la delincuencia sin contexto o a la miscelánea (el día del completo, los uniformes escolares). El solo hecho de estar viendo estos contenidos valida su pertinencia financiera para el medio. Solo una caída sistemática de audiencia podría augurar cambios, pero como eso no va a pasar...
viernes, 13 de mayo de 2011
Hidroaysén
Por la ventana de su departamento Economista Marginal ve cosas interesantes. Ve, antes que nada, el cerro Santa Lucía, enclave verde en medio de los edificios del centro. A los pies del cerro, en un lugar poco visible, hay un trozo de piedra tallada en el que alguien escribió: NICOLÁS PALACIOS, “RAZA CHILENA”
A veces se ven cursos escolares, tours de brasileños de tercera edad, hinchas que regresan del estadio. A veces se ven cosas del todo inesperadas, como los cientos de jóvenes que pasan aplaudiendo, coreando tambores y coreando consignas contra Hidroaysén. El tráfico está detenido y algunos automovilistas tocan sus bocinas sumándose al movimiento de masas.
Esta deja vu también es algo nuevo. Nada similar ocurrió cuando se aprobó la hidroeléctrica Ralco.
Eduardo Bitrán publicó en El Mostrador un análisis frío y ponderado sobre el tema. Califica a las hidroeléctricas como “mal menor”. Es un problema de potencia a firme, la única que puede alimentar la demanda punta del invierno y no dejar el país a oscuras. A su vez, alimentar al sistema genera externalidades como el CO2, cuyas emisiones el gobierno chileno se comprometió internacionalmente a reducir un 20% al año 2020. Las ERNC existen pero tienen desventajas de costo, y la energía nuclear no estará disponible en los próximos 15 años.
Bitrán, quizá el funcionario técnico más sólido que tuvo la administración pasada, va armando las capas del modelo, asume escenarios e introduce cifras. El resultado es un déficit de energía que deberá cubrirse de alguna manera. Una buena cantidad de MGW para que en los próximos años las personas (usted, yo) podamos cargar nuestros aparatos, encender nuestras estufas y calentadores de agua. ¿Cómo los quiere? ¿Con o sin C02? ¿A $92,2 el Kw/h* o a 238? ¿Con un límite de consumo invernal de 350 Kw o 100?
Según las estimaciones de Bitrán, si optamos por energía solar, el sistema deberá cubrir unas 100 mil hectáreas con paneles solares, o sea, tres veces la superficie de Santiago, en el desierto de Atacama: es donde hay más sol y la hectárea de tierra vale menos. Entonces los jóvenes que pasan frente a la placa de Nicolás Palacios ya no gritarían “¡Patagonia sin represas!”, sino “¡San Pedro de Atacama sin paneles!”
Todo esto lo contempla Eduardo Bitrán dejando a un lado toda emoción (por cierto, no es Max Neef). Incluso considera la eficiencia energética, la posibilidad de que la energía solar baje de costo y muchos chilenos inviertan en sistemas domésticos. No tiene error conceptual alguno porque es un ingeniero de la U. de Chile, y no lo creo capaz de mentir: con esos números (discutibles como supuesto), el resultado es ese y punto. Pero por venir de donde viene, Bitrán piensa dentro de la caja, en el horizonte de posibilidades de la economía neoclásica y el keynesianismo, el mix oficial del progresismo político chileno. Por eso merece que respondamos su planteamiento más directo: “los que se oponen a la energía nuclear, la energía a carbón, la energía hidroeléctrica en el sur austral están diciendo que Chile tiene que bajar su crecimiento a menos del 3% al año, con las implicancias sobre empleo e ingresos familiares, a favor de conservar paisajes naturales. Esto significa que no llegaremos nunca a ser país desarrollado.”
Y este es el meollo del asunto: ¿cuánto está Ud. dispuesto a pagar no solo por el desarrollo, sino por ese desarrollo? No solo en términos de su cuenta de la luz. Dicho de otro modo, ¿es el crecimiento sobre el 3% la receta? ¿Un 3% con o sin flexibilidad laboral? ¿Con un royalty minero como el de Canadá? ¿Con una tributación como la de las islas Caimanes? ¿Con subsidios o chorreo?
Aunque la protesta contra Hidroaysén se base en emociones, es un ejercicio de ciudadanía de un valor inestimable. Lo ideal sería que el gobierno siga cometiendo error tras error, y el movimiento gane masa crítica. Porque debiera desembocar, tarde o temprano, en una discusión profunda y radical acerca del modelo económico, ese que Bitrán da por supuesto inamovible.
Respecto de Nicolás Palacios, que ya se ha quedado solo a los pies del cerro Santa Lucía (iluminado con potentes focos) tres cosas: fue un hijo de la provincia de Colchagua, murió en 1931 y publicó una extraña teoría racial acerca del pueblo chileno.
* Calculado según cuenta de Chilectra del 09/05/2011
viernes, 29 de abril de 2011
Concepto Dittborn
Que un posteo del ex parlamentario UDI Julio Dittborn sea trending topic es sintomático: No hay que tomar a la ligera las ciencias sociales. “Es el chorreo lo que disminuye el robo”, dice en su frase más contundente este Master of Arts de la Universidad de Chicago. Para llegar a semejante conclusión, toma por ejemplo un suburbio neoyorquino donde “no hay rejas y usted deja la casa vacía por unos días y le llega una encomienda, el cartero la deja en la puerta y… ¡nadie se la lleva!”
Sobre esta observación rigurosamente cierta, Dittborn construye una asombrosa teoría social basada en el determinismo matemático y la teoría económica neoclásica. Cuando Chile tenga un salario mínimo equivalente al de EE.UU. –y los artículos de segunda mano sean igual de baratos- habrá paz en los barrios de Vitacura y Las Condes. La delincuencia como problematización del ABC1. “Acá casi no hay casas con alarmas, de hecho las casas no tienen cercos. ¡Para que hablar de cercos eléctricos! Nunca he visto uno.”
¿Se puede criticar a un individuo por su sinceridad? ¿A un ex político por mostrar su precariedad intelectual en la red? “Las cosas son acá muy baratas y no tiene sentido arriesgarse a robar para conseguir cosas”.
Son comentarios extraídos de una oralidad de club de Golf. Tampoco se le puede criticar a un ingeniero comercial PUC no manejar literatura especializada en urbanismo, sociología o neurociencia. O por no haber tomado, siquiera por curiosidad, el transporte público ferroviario (PATH) y haberse bajado en la siniestra Newark, o en Jersey City. ¿Cómo podría comprender Dittborn que a negros y latinos, a los dominicanos o a los puertorriqueños no les conviene pensar siquiera en asaltar la casa de un blanco estadounidense?
Dittborn cree en el sueño americano: “Un salvadoreño o guatemalteco recién llegado acá se compra un auto en un par de meses si gana el mínimo”. Su cosmovisión es coherente, redonda y anti-complejidad.
Si usted busca videos de Julio Dittborn en la red, se encontrará con un político sensato y articulado. ¿Qué pasó? Cuando ejercía su función de Estado, tendría jóvenes economistas de un think tank conservador editándolo, robusteciendo sus textos con argumentos jurídicos y estadísticos. Hoy ya no representa a nadie. Ya no participa en comisiones parlamentarias, su voto ya no decide el subsidio a las madres solteras, los fondos culturales, el royalty minero o la política energética. Es un simple expatriado chileno ABC1 en “un muy buen barrio” cerca de Nueva York, viviendo de sus rentas, enviando archivos adjuntos a un medio electrónico de alto tráfico, ingenuo a la lectura devastadora de las redes sociales.
martes, 12 de abril de 2011
Buenos días, Perú
¿Qué llevó a la centroderecha peruana a levantar tres candidaturas que no llegaron a ninguna parte? La soberbia, la fe ciega en la cifras macroeconómicas y, como dice el muy lúcido Farid Kahhat, la falta de cultura teatral de la élite, que solo conoce la tragedia y, más encima, confunde siempre a los personajes.
“En San Marcos hay demasiados cholos”, dice el padre de Zavalita en un diálogo memorable de Conversación en la Catedral. Su autor es hoy adalid del statu quo, pero hace cuarenta años tenía propuesta y visión. Y compartía claustro con el padre de Ollanta Humala. Sí, están los cholos y los indios, los zambos alejados del oropel, las comunidades andinas que se están quedando sin el agua que succionan las grandes mineras, y un largo etcétera de agravios cuya única expresión concreta es el voto.
Ríos de tinta corren acerca del singular sistema de partidos (o más bien de no-partidos) de nuestros hermanos. Quiero más bien centrarme en la metástasis común a las democracias de mercado, en las cuales la asignación de recursos es eficiente y aparentemente racional, pero el sistema de políticas públicas atrozmente cortoplacista.
No hay político ni gobierno que no abogue por las pymes. O que declare su férreo compromiso en la lucha contra las drogas y la delincuencia. Aunque el sujeto de marras, actor de un espectáculo de masas, declare su más estricto apego a la ética judeocristiana, la intimidad es más compleja. Oh, naturaleza humana, consume drogas, tiene amantes y, en las votaciones relevantes, se abstiene discretamente para que se forme otro oligopolio bancario. Y si se declara progresista, heredero de tradiciones sindicales y obreras, no se sorprenda de sus tratos privados con los mismos oligopolios e intereses corporativos que suele denostar en público.
Ocurre en nuestras economías emergentes católicas, y en la propia Babilonia protestante de mercado, donde las armas de fuego y la libre expresión son derecho constitucional.
Desde que el sonriente Ronald Reagan conquistó los corazones de la América profunda hace ya treinta años, la desigualdad y su correlato, la concentración del ingreso, no hacen sino aumentar en el mundo. No es solo que las rentas de capital aumenten más que los salarios; o que el discurso de la eficiencia y la externalización se traduzcan en un crecimiento económico sin creación de empleos. Si usted no está en la creación de valor a través de la magia de las finanzas, el deporte de alta competencia o la entretención masiva, lo más probable es que jubile de manera modesta y tenga severos problemas para comprarse los remedios para la osteoporosis, o arreglar esos dientes descalcificados que su seguro de salud no le cubre porque su caída es un lamentable dispositivo de la evolución para que los viejos cedan paso a los jóvenes. Eso por no hablar de su salud mental, que se reembolsa de manera tan austera como los subsidios a la educación.
Los liberales le dicen que, oh sorpresa, usted tiene la libertad de elegir entre un servicio estatal decadente y otro privado lleno de promotoras, vendedoras y call centers: eduque a su vástago de acuerdo a su conciencia, cristiana o agnóstica. Es cosa suya. Venga y pague. Firme el pagaré.
El neoliberalismo es hijo de la teoría económica neoclásica. Determinación de precios, producción y distribución del ingreso en mercados de oferta y demanda, mediados por la maximización de beneficios, la información disponible, la limitación de los recursos y la teoría de las decisiones racionales. Un pensum complejo y tan elaborado como la teología cristiana, y no menos basado en la fe.
Como toda racionalización, compendia y sistematiza los atavismos de la especie: usted primero, segundo y tercero. Usted antes que el otro perdedor que le antecede en la fila. Pero su gran enemigo no es la izquierda nostálgica o Al Qaeda. Es la demografía: las sociedades que han alcanzado el ideal capitalista operan con costos de tal magnitud que tener muchos hijos es un mal negocio. Ergo, la población económicamente activa se estanca y los únicos que la alimentan son los inmigrantes, esos convidados de piedra que diluyen la pureza de la raza, y las minorías religiosas.
Lo paradojal del caso peruano es que el modelo se está contradiciendo antes de dar sus frutos en plenitud. Nación de emigrantes antes que de inmigrantes (al menos en el último cuarto de siglo), que aún no entra en la transición demográfica, donde la raza es mixta y, sin embargo, sigue siendo discurso. Keiko tiene pasivos políticos de magnitud, ¿pero cabe negarle su derecho a la peruanidad? Sintomático el caso del derrotado PPK, un gringo con pasaporte al día, que contribuye al partido republicano de Palin. ¿La única forma de apropiárselo que encontró la cholada adicta? Agarrarle los testículos.
“En San Marcos hay demasiados cholos”, dice el padre de Zavalita en un diálogo memorable de Conversación en la Catedral. Su autor es hoy adalid del statu quo, pero hace cuarenta años tenía propuesta y visión. Y compartía claustro con el padre de Ollanta Humala. Sí, están los cholos y los indios, los zambos alejados del oropel, las comunidades andinas que se están quedando sin el agua que succionan las grandes mineras, y un largo etcétera de agravios cuya única expresión concreta es el voto.
Ríos de tinta corren acerca del singular sistema de partidos (o más bien de no-partidos) de nuestros hermanos. Quiero más bien centrarme en la metástasis común a las democracias de mercado, en las cuales la asignación de recursos es eficiente y aparentemente racional, pero el sistema de políticas públicas atrozmente cortoplacista.
No hay político ni gobierno que no abogue por las pymes. O que declare su férreo compromiso en la lucha contra las drogas y la delincuencia. Aunque el sujeto de marras, actor de un espectáculo de masas, declare su más estricto apego a la ética judeocristiana, la intimidad es más compleja. Oh, naturaleza humana, consume drogas, tiene amantes y, en las votaciones relevantes, se abstiene discretamente para que se forme otro oligopolio bancario. Y si se declara progresista, heredero de tradiciones sindicales y obreras, no se sorprenda de sus tratos privados con los mismos oligopolios e intereses corporativos que suele denostar en público.
Ocurre en nuestras economías emergentes católicas, y en la propia Babilonia protestante de mercado, donde las armas de fuego y la libre expresión son derecho constitucional.
Desde que el sonriente Ronald Reagan conquistó los corazones de la América profunda hace ya treinta años, la desigualdad y su correlato, la concentración del ingreso, no hacen sino aumentar en el mundo. No es solo que las rentas de capital aumenten más que los salarios; o que el discurso de la eficiencia y la externalización se traduzcan en un crecimiento económico sin creación de empleos. Si usted no está en la creación de valor a través de la magia de las finanzas, el deporte de alta competencia o la entretención masiva, lo más probable es que jubile de manera modesta y tenga severos problemas para comprarse los remedios para la osteoporosis, o arreglar esos dientes descalcificados que su seguro de salud no le cubre porque su caída es un lamentable dispositivo de la evolución para que los viejos cedan paso a los jóvenes. Eso por no hablar de su salud mental, que se reembolsa de manera tan austera como los subsidios a la educación.
Los liberales le dicen que, oh sorpresa, usted tiene la libertad de elegir entre un servicio estatal decadente y otro privado lleno de promotoras, vendedoras y call centers: eduque a su vástago de acuerdo a su conciencia, cristiana o agnóstica. Es cosa suya. Venga y pague. Firme el pagaré.
El neoliberalismo es hijo de la teoría económica neoclásica. Determinación de precios, producción y distribución del ingreso en mercados de oferta y demanda, mediados por la maximización de beneficios, la información disponible, la limitación de los recursos y la teoría de las decisiones racionales. Un pensum complejo y tan elaborado como la teología cristiana, y no menos basado en la fe.
Como toda racionalización, compendia y sistematiza los atavismos de la especie: usted primero, segundo y tercero. Usted antes que el otro perdedor que le antecede en la fila. Pero su gran enemigo no es la izquierda nostálgica o Al Qaeda. Es la demografía: las sociedades que han alcanzado el ideal capitalista operan con costos de tal magnitud que tener muchos hijos es un mal negocio. Ergo, la población económicamente activa se estanca y los únicos que la alimentan son los inmigrantes, esos convidados de piedra que diluyen la pureza de la raza, y las minorías religiosas.
Lo paradojal del caso peruano es que el modelo se está contradiciendo antes de dar sus frutos en plenitud. Nación de emigrantes antes que de inmigrantes (al menos en el último cuarto de siglo), que aún no entra en la transición demográfica, donde la raza es mixta y, sin embargo, sigue siendo discurso. Keiko tiene pasivos políticos de magnitud, ¿pero cabe negarle su derecho a la peruanidad? Sintomático el caso del derrotado PPK, un gringo con pasaporte al día, que contribuye al partido republicano de Palin. ¿La única forma de apropiárselo que encontró la cholada adicta? Agarrarle los testículos.
martes, 5 de abril de 2011
Consumo luego soy
El consumo es una categoría económica cada vez más compleja cuando aparece la ética.
Me detengo frente a la sección cerveza de mi supermercado local. Unos novedosos Six-pack llaman mi atención. Dice ser la marca más antigua de Guatemala y entran automáticamente en conflicto mi curiosidad por la nueva cerveza (+ su precio atractivo) y un rechazo a la denominación de origen.
Acabo de leer un artículo sobre el asesinato político en este país de Centroamérica, donde la guerra sucia fue un verdadero genocidio y la impunidad el pan de cada día. Los aparatos de seguridad se privatizaron y hoy se dedican al secuestro, la extorsión, el asesinato por encargo y el narcotráfico. Veo una alta posibilidad de que el dueño de la marca esta esté vinculado a estos negocios, al menos indirectamente como miembro de una élite responsable de la muerte de un cuarto de millón de personas.
¿Qué es más racional, la curiosidad, el precio o el rechazo ético al fabricante?
Gana la curiosidad y, seis latas más tarde, he decidido no volver a comprar esta cerveza guatemalteca.
El supermercado donde suelo comprar pertenecía hasta hace poco a un grupo nacional de empresarios nacionales ultraconservadores. Hoy a una multinacional gringa que en algún momento vetó el ron cubano y, en su país, vende munición capaz de caer en manos de cualquiera, y matar a cualquiera. De todos los productos que pueblan las góndolas, ¿cuántos están genuinamente haciendo algo con sus desechos, cuántos cumplen 100% con la legislación laboral? ¿A quién pertenece mi AFP? ¿A qué grupo económico le debo plata? Una de las cosas que más me carga de la izquierda es su aversión a desconocerle al consumo categoría de proceso social. Es más, creo que cada día que pasa es más un proceso político.
Lo curioso es que la ética entró en la economía con la religión. Aparte del padre de las Casas, que peleó por los derechos laborales de los naturales de América, en el mundo protestante la revolución industrial no fue indiferente. Los metodistas desarrollaron una ideología de la responsabilidad social empresarial en el siglo XVIII.
Si la praxis de Alberto Hurtado se fundó en las relaciones de producción, en EEUU el protestantismo de izquierda uso el boicot económico para avanzar en su agenda. El arma política de Martin Luther King incluía amenazar a las empresas del área urbana de Chicago si no ofrecían condiciones de trabajo aceptables a los afroamericanos. Ya muchos fondos de inversión de los credos luterano y metodista tenían inversiones grandes en blue chips de Wall Street, y en los 60 empezaron a vender posiciones en la industria de la defensa. Hoy el mercado financiero de la ética es rico y diverso. Fondos de inversión católicos no invierten en empresas que fabrican drogas abortivas. Fondos socialdemócratas, en armas y menoscabo del medio ambiente. ¿Qué clase de inversionista es usted?
La iglesia católica estará débil estos días, pero cuatro órdenes católicas estadounidenses, accionistas del banco de inversiones Goldman Sachs, hicieron algo notable pidieron públicamente una revisión de las políticas de remuneración de la alta dirección de la empresa, que permitieron el año pasado a cinco individuos repartirse US$ 70 millones en plena crisis económica.
Usted puede revisar su lista de supermercado y evaluar qué marcas le parecen aceptables. Saber si su AFP invierte en transgénicos, tabaco y juegos de azar, en empresas que emplean trabajo infantil o arrasan la selva húmeda, le será un poco más difícil.
Me detengo frente a la sección cerveza de mi supermercado local. Unos novedosos Six-pack llaman mi atención. Dice ser la marca más antigua de Guatemala y entran automáticamente en conflicto mi curiosidad por la nueva cerveza (+ su precio atractivo) y un rechazo a la denominación de origen.
Acabo de leer un artículo sobre el asesinato político en este país de Centroamérica, donde la guerra sucia fue un verdadero genocidio y la impunidad el pan de cada día. Los aparatos de seguridad se privatizaron y hoy se dedican al secuestro, la extorsión, el asesinato por encargo y el narcotráfico. Veo una alta posibilidad de que el dueño de la marca esta esté vinculado a estos negocios, al menos indirectamente como miembro de una élite responsable de la muerte de un cuarto de millón de personas.
¿Qué es más racional, la curiosidad, el precio o el rechazo ético al fabricante?
Gana la curiosidad y, seis latas más tarde, he decidido no volver a comprar esta cerveza guatemalteca.
El supermercado donde suelo comprar pertenecía hasta hace poco a un grupo nacional de empresarios nacionales ultraconservadores. Hoy a una multinacional gringa que en algún momento vetó el ron cubano y, en su país, vende munición capaz de caer en manos de cualquiera, y matar a cualquiera. De todos los productos que pueblan las góndolas, ¿cuántos están genuinamente haciendo algo con sus desechos, cuántos cumplen 100% con la legislación laboral? ¿A quién pertenece mi AFP? ¿A qué grupo económico le debo plata? Una de las cosas que más me carga de la izquierda es su aversión a desconocerle al consumo categoría de proceso social. Es más, creo que cada día que pasa es más un proceso político.
Lo curioso es que la ética entró en la economía con la religión. Aparte del padre de las Casas, que peleó por los derechos laborales de los naturales de América, en el mundo protestante la revolución industrial no fue indiferente. Los metodistas desarrollaron una ideología de la responsabilidad social empresarial en el siglo XVIII.
Si la praxis de Alberto Hurtado se fundó en las relaciones de producción, en EEUU el protestantismo de izquierda uso el boicot económico para avanzar en su agenda. El arma política de Martin Luther King incluía amenazar a las empresas del área urbana de Chicago si no ofrecían condiciones de trabajo aceptables a los afroamericanos. Ya muchos fondos de inversión de los credos luterano y metodista tenían inversiones grandes en blue chips de Wall Street, y en los 60 empezaron a vender posiciones en la industria de la defensa. Hoy el mercado financiero de la ética es rico y diverso. Fondos de inversión católicos no invierten en empresas que fabrican drogas abortivas. Fondos socialdemócratas, en armas y menoscabo del medio ambiente. ¿Qué clase de inversionista es usted?
La iglesia católica estará débil estos días, pero cuatro órdenes católicas estadounidenses, accionistas del banco de inversiones Goldman Sachs, hicieron algo notable pidieron públicamente una revisión de las políticas de remuneración de la alta dirección de la empresa, que permitieron el año pasado a cinco individuos repartirse US$ 70 millones en plena crisis económica.
Usted puede revisar su lista de supermercado y evaluar qué marcas le parecen aceptables. Saber si su AFP invierte en transgénicos, tabaco y juegos de azar, en empresas que emplean trabajo infantil o arrasan la selva húmeda, le será un poco más difícil.
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